Sunday, December 2, 2007

Paginas sueltas

Lo que uno hace con su tiempo

...que no es ‘todo el tiempo del mundo’.
Sábado en la maňana, como cualquier otro día, desde que me jubilé, preparo mi desayuno y me siento en la sala, a la luz del sol que entra por la ventana, con el diario acabado de recoger a la puerta del departamento. Decidí hacer la prueba con esta suscripción de fin de semana, para leerlo de primera mano –y no después de Brian, el periódico que él compra, camino a la escuela, donde, muy lejos de querer jubilarse, sigue dando clases de música.
Hojeé el Magazine dominical y seňalé los artículos que me interesaban. La columna del especialista en temas de ética, una breve entrevista a Ian McEwan, a propósito, entre otras cosas, de su novela más reciente: “Atonement” (no ‘Exoneración’ (como según me dice Victoria la han traducido en espaňol, sino ‘Expiación’)
y un reportaje, prolijo, como suelen ser los de la revista, sobre el amante de pájaros, de Galveston , Tejas, que disparó contra unos gatos ferales porque amenazaban la población de ‘piper plovers’ (‘Zarapito...”?) en peligro de extinción, gatos a los que el empleado encargado de cobrar el peaje en el puente bajo el que se cobijaban, alimentaba como a sus ‘bebés’. Al igual que el autor del artículo, como amante tanto de aves como de felinos, el tema me fascinó. Terminando de desayunar, pero no de leer el artículo, que se prolongaba demasiado, me dispuse a baňarme y vestirme con la intención de volver, después de mucho tiempo, al Parque a ver pájaros. Eran ya pasadas las diez y media cuando salí al frío aunque soleado
día.
Por no fijarme, me bajé en la 86 en lugar de la 79, y encontré, a unos pasos de la entrada del parque, el gran dep ósito de agua (reservoir), en lugar del Estanque de las tortugas. Las única aves visibles eran los patos en el agua, parejas de Mallard, Bufflehead, y una parvada de gaviotas en un islote. Lo que m ás hab ía eran corredores –parece que aquí cada semana hay maratón, y para alejarme de ellos, bajé de la orilla, y seguí caminando hacia el este, ya con la idea clara de ir al Met para ver de nuevo la exposición temporal de Rembrandt.
En el Museo, después de dejar el saco en el vestidor –casi no había cola-, al comprar mi entrada y tomar la hoja con la lista de charlas de galería, vi que en unos minutos comenzaría una sobre ‘el color en el arte moderno’. Me sumé al grupo de mayores de sesenta. De pie, recargado en la pared, un joven enorme, de más de dos metros de altura y quién sabe cuántos de circunferencia –era difícil, y espantoso, calcular dónde terminaba su vientre, que parecía llegarle a las rodillas. Habló, y reveló ser nuestro guía! –Me va a resultar difícil, pensé, mirarlo mientras explica... Lo seguimos, llegamos a las salas de arte moderno norteamericano y el joven obeso
resultó ser experto en la materia. Aun así, en la segunda sala, después de detenernos ante un cuadro de Gerogia O'Keefe –una gran orquídea negra-, decidí que el tema no me estaba interesando tanto.
Tratando de no ser muy obvia, di media vuelta y me dirigí hacia la salida de esa sala, para volver a la galería principal, subir la escalinata y llegar a las salas donde se expone la colección del Met de pintura flamenca en torno a Rembrandt. Esta vez alquilé la audioguía, que me permitió una mejor apreciación de los cuadros principales y su contexto, entre los que elegi como favoritos: dos de Franz Hals, los dos de Vermeer, y cuatro de Rembrandt: los autorretratos, el Artistóteles, su
burgués vestido como turco, y su mujer Saskia, aňos después de muerta, como Flora, diosa de la primavera.
...

De un cuaderno viejo:

Tal vez temía que esa noche fuera ser ruidosa, como la anterior, y por eso entornó los postigos del balcón. Hacía calor, pero sobre la sábanas de algodón sus piernas desnudas encontraban en la sombra una frescura de arena.En cambio, los párpados le escocían. De nuevo habría voces, exclamaciones. Quizá gritos. Dudaría entre levantarse a abrir la puerta plegadiza o quedarse en la cama, reinventando su silencio.

El departamento había quedado lleno de olor a cangrejo. Cangrejo vivo cocido en agua hirviente, luego comido tibio, por dos mujeres en bata de casa, sentadas frente a la puerta abierta del balcón, bañado éste por una luz de julio a las siete de la tarde . Había también verduras, que las comensales despreciaron a favor de los langostinos de un rosa tierno que podían comerse como postre, tan dulces eran. A un lado, el platito con agua y unas gotas de jugo de limón, y la copa de vino blanco. En el aire, un tango de Piazzola tocado por Barenboim.
Terminado el cangrejo, pasarían las amigas a lavarse y vestirse rápidamente.

Vestidas y perfumadas, guapas las dos, no se sabía quién había estado enferma y recibía tratamiento, y quien era unos años menor y venía a manifestarle su amistad y solidaridad. Salieron a tomar el Num. 49, para bajarse en Trinité.
Irene había vivido en París un año, como estudiante, y muy rara vez había tomado autobús como medio de transporte, porque era sensiblemente más caro que el metro, y posiblemente menos fácil de usar. Martha había llegado a trabajar como traductora en la UNESCO, que le quedaba a unas cuadras de distancia, y evitaba el metro como un castigo.
Iban a ver “Ejercicios de Gramática...” de Quenau, que habían leído al alimón la noche anterior, en francés y en español, entre sonoras carcajadas.
...

De otro:

Quien más, quien menos, todos estamos enamorados de un fantasma. Yo tengo en mi recámara, pegado a una de las repisas del librero frontero a la cama, el rostro de una joven que, con los párpado cerrados, sonríe. ¿A su sueño, a su fantasma? La veo de día y de noche, pero sobre todo de noche, cuando me meto entre las sábanas y me dispongo a dormir.
Es un hermoso rostro, de líneas delicadas, visto de tres cuartos. Desde el inicio de la frente despejada el cabello se divide y, al parecer, se recoge en la nuca. Parece mojado, y por debajo es visible la silueta de la oreja izquierda. La foto es en blanco y negro; el cabello se ve blanco, igual que el rostro de la niña: no puede tener más de quince años. Los ojos cerrados, la sonrisa leve, como de cera.
Se trata, en realidad, del molde en yeso hecho sobre la cabeza de la “bella ahogada del Sena’.
Jacqueline ..., la prima de Anne, lo tenía en su estudio cercano al Boulevard Saint Martin, de París. Cuando me oyó exclamar ‘¡qué hermoso!’ con mi entusiasmo desmedido, tan poco francés, me lo regaló. Hace casi cincuenta años...
‘Una joven de carne y hueso, con cerebro y corazón, encontrada sin pulso ya, sin aliento, flotando en las aguas del Sena a fines del siglo XIX... –me cuenta mi nueva amiga, y añade:. ‘Es posible que se trate de una leyenda.’
En otra ocasión me había obsequiado “L’oeuvre au noir”, de Marguerite Yourcenar. Jacqueline misma era bella: piel blanca como porcelana, ojos oscuros, cabello castaño; cinco años mayor que yo; culta y sensible. Volvimos a vernos brevemente en Nueva York, en 1970. Desde entonces, no he vuelto a saber de ella...
Otro fantasma.
...

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