CARTAS A MI FAMILIA
París, 21 de mayo de 1968
(...) Ya sabrán que se ha declarado una huelga general en esta ciudad y en buena parte de Francia. A ver en qué para todo esto. De Gaulle ha anunciado su discurso para el viernes, y entretanto, en la Asamblea Nacional, se lleva a cabo el debate sobre la moción de censura al gobierno.
El domingo me fui un rato con Anne (1) al Jardín Zoológico del Bois de Boulogne. Más tarde sus papás me vinieron a dejar en coche a mi cuarto.
El lunes salí temprano a comprar algo para comer. La gente estaa medio alocada aprovisionándose como si estuviéramos en guerra. Tuve que hacer cola durante casi una hora, sólo para comprar unos yogurts, un jugo, pan tostado y mermelada. Las amas de casa pedían kilos de azúcar, de conservas, etc.
El transporte público sigue paralizado. Y los taxis, claro, escasean. En el radio dijeron que muchos automovilistas estaban haciendo provisión de gasolina, lo cual no era necesario. Aunque quién sabe…
Para salir o entrar a Francia hay que hacer el viaje en coche hasta la frontera, y tomar en Bruselas el avión.
Ginette (2) habia quedado de pasar mañana a verme, pero me dijo que su papá no podía venir a dejarla y recogerla en coche, así que me escribirá. Los correos estuvieron cerrados hasta hoy, así como los bancos, y ahora resulta que mañana y pasado son feriados: por la Asunción.
Comí y cené aquí, pues, y me la pasé leyendo y escribiendo, y acabando de coser mis sábanas.
Hoy comí en la Unesco con una muchacha inglesa que conocí en casa de Gonzalo Ceja (3)(uno de los pintores mexicanos que vinieron conmigo en el avión, ¡hace ya siete meses!). Ella trabaja en el Departamento de Educación y lleva cuatro años en París. Tiene un coche que se trajo de Inglaterra. Estaba con una amiga suya, una irlandesa que trabaja en la Sección de América Latina y quien me dijo que tal vez más adelante yo podría conseguir trabajo ahí. Me encantaría, porque siento que el de la Unesco un ambiente muy agradable.
Volví a mi cuarto y a las tres llegó Flo, la francesa a la que le estoy dando clases de español. Ella anda en moto. Yo hubiera querido irme con ella al Barrio Latino, pero resulta que no tiene permiso para llevar a un pasajero, así que después de que se fue, nada más caminé a la Biblioteca del 7eme a traducir un rato –unos poemas de Dylan Thomas-, y me vine a cenar.
Hace rato salí a telefonear a Zulima (4) me dijo que la mamá de Mónica había llegado el viernes en la mañana, y me proponía que saliera con ellas una de estas noches, pero francamente no estoy como para echarme una caminata de una hora, con el frío odioso que hace (me parece que está resultando más molesto qe el de invierno....).
Mañana sí alcanzaré a Anne en el Jardin de Ranelagh para acompañarla en lo que cuida a una niñas, tarea que yo haré en su lugar el resto de la semana, en las mañanas.
Una noticia desagradable: me llegó con mucho retraso una carta de la Embajada Francesa en México; por la impuntualidad característica de los trámites tanto en la UNAM como en el Gobierno, resulta que ahora tengo que cubrir una parte de mi pasaje México-París. Les contestaré ahora y le pediré a la Cone - a ver si no se cansa de tanta moledera- que se encargue de ello.
...
Zulima me trajo de Holanda una cucharita de plata muy linda. Con ella y Mónica estuve en Bélgica en noviembre, a poco de habernos encontrado. Hacía un frío de los mil demonios, y no dejó de llover!
Anne y yo habíamos pensado en ir a Amsterdam en junio, pero creo que va a estar... pelón.
Viernes 24
Al día de hoy, ninguna noticia de México. Lo ultimo que recibí, el viernes pasado, fue carta de mi papá con el cheque. Espero que todos estén bien.
Hoy es el ‘gran’ día en que de Gaulle se va a dirigir al pueblo francés. La moción de censura no tuvo suficientes votos, o sea que él seguiráa en el gobierno.
El miércoles hubo otra manifestación en el Barrio Latino, pues parece que ahora no quieren dejar entrar a Cohn-Bendit, el líder de los estudiantes que andaba por Alemania y Bélgica.
Yo trataré de ir hoy al Barrio, a ver a Zulima, pues ya me harté de esta encerrazón.
Ayer estuve, de 9.30am a las 12.15, y de 15 a 18 a cuidar a las niñas que cuida Anne, pues ella tenía que estudiar para unos exámenes. De ida, me eché la caminata de una hora, hasta el otro lado del Sena, cerca del Bois de Boulogne. Afortunadamente, las dos niñitas, de tres y cuatro años, se portaron bien, y no tuve problemas. La mama es norteamericana y está divorciándose; las pobres criaturas están casi abandonadas. La mayor tiene una especie de parálisis del lado derecho; necesita un aparato para caminar. Es normal en todo lo demás, entiende todo lo que se le dice, pero la señora hace muy poco por enseñarle a hablar o a mover la mano. Estuve con ellas casi todo el tiempo en el jardín, pues hacía buen tiempo. A las seis y media, después de que las dejé con su piyama puesta, me despedí. La señora me pagó 10 francos, lo de la tarde; a Anne le dará lo de la mañana.
Con eso de que seguimos sin metro, todos el mundo –bueno, en general los estudiantes ‘pobres’ pedimos auto-stop. Yo esperé a que pasara una señora más o menos ‘popis’, pues podía dirigirse al 7eme, que junto con el 15eme es el barrio más burgués. Pues para mi gran sorpresa: la mujer resultó ser mexicana. Vivió en México hasta los 18 años; y está en Francia desde hace cinco, casada y con dos niños. Se portó muy amable, y me dejó en la Ecole Militaire, de donde caminé unas cuantas cuadras para llegar a mi edificio. 5)
Creo que es todo por ahora: tender vacaciones a partir de junio.
...
30 de mayo
(…) Me dice Ma. Jeanne 6) que saldrá este domingo rumbo a Bélgica, de modo que continúo a enviarles (sic) noticias mías, aunque les lleguen con cierto retraso y aunque yo no pueda saber nada de ustedes por el momento. Hace tres días había escrito toda una carta a mano, pero como ocupé mucho papel y aún me quedan muchas cosas por contarles, ahora que tengo tiempo la rehago a máquina (en mi querida Underwood que compre a los dos meses de llegar a Paris). No sé cuándo les iran a llegar, pero el 25 mandé una con Zulima, que la enviaría desde Londres; el 27 una con un amigo de Ma. Jeanne que fue a Bruselas; el 28, otra que un amigo de las directoras del Foyer de Zulima se encargaría de poner en Bélgica; hoy di una más para ustedes a Ginette, pues un amigo de su papá va a Nueva York; y hoy también una para mi male, quemi maestra Florence Cousin enviará desde Bélgica en cuanto pueda salir de aquí. ¡En fin!
Si antes, durante la semana del 17 al 24 (en que eché unas en los buzones de la ciudad) no me había mosqueado por buscar a gente que saliera, era porque, muy optimista, tenía la esperanza de que la huelga acabara pronto, y todo volviera a la normalidad. A partir del 24 en que estuve con Zulima y pasé una noche en el Barrio Latino, en el hotel donde se alojaba la mamá de Mónica, empecé a inquietarme. Y para estas fechas ya no tengo ninguna esperanza de que esto acabe, bien por lo menos.
Acabo de oir por radio el discurso que pronunció De Gaulle hace algunas horas, y enseguida las opiniones de los representantes de partdiso y sindicatos; la mayor í.a juzga que lo que dijo es, ni más ni menos que un desaf ío a la guerra civil. A pesar de que todos, franceses y extranjeros, estábamos en condiciones de esperar lo inesperado, no niego que la noticia me ha dejado fría, y que nunca pensé que De Gaulle pudiera ser tan orgulloso, tan imbécil o tan confiado en sí mismo(me estaba acordando de que en 1966 estuvo en Mexico; visito el IFAL, y nos saludo de mano, a las estudiantes que estabamos en clase a esa hora; me parecio un gigante!) como para declarar: “no me retiraré; dejaré que el pueblo decida; si es necesario, emplearé la fuerza”... o algo semejante. El referéndum citado para el 16 de junio se atrasará, y ni obreros ni estudiantes parecen dispuestos a aceptar esto. Continuarán, dijeron, en paz y en calma, la lucha. Así que, por lo pronto, la huelga sigue. ¿Qué les parece?
Yo me esperaba un París lleno de emociones, pero juro que nunca hasta este grado. Por lo pronto, empezaré a empacar para irme a Inglaterra la semana entrante.
Imagino que estarán enterados de las noticias principales de estos días, así que no me detendré más en ello, para no hacer demasiado pesada –material y ‘moralmente’ esta carta.
Afortunadamente, no he perdido el contacto con ninguna de mis amigas de aquí, y estoy contenta de ver cómo se han portado conmigo. Anne ha venido dos o tres veces esta semana, una de ellas se quedó a dormir, pues había venido del Barrio Latino, de aventón, y ya no podía regresar a su casa; la pobre de Ginette pasó hoy en la mañana; sus papás la trajeron en coche a París y se vino a pise desde la Place de l’Etoile, casi una hora de camino. Más tarde pasó Sally 7) también a pie desde quién sabe dónde, y fuimos a comer un sanduich a la cafetería de la Unesco. Me contó que se había informado con un maestro del IPFE que, con estos líos de huelga y ocupación de la Sorbona por los estudiantes (pensar que estábamos celebrando mi cumpleaños, tomando café ella, Anne, Ginette y yo, a unos pasos de la Sorbona, cuando vimos entrar en el edificio a los agentes de seguridad, con cascos, escudos y macanas!) que ya no se sabía nada de las listas de alumnos del Instituto; por lo tanto, cero exámenes y cero diplomas. Para lo que nos pueden importar ahora.
Les conté ya en mi carta del 28 –que a lo mejor reciben después que ésta- que el banco en el que tengo mi cuenta, como es pequeño, no ha cerrado, así que pude depositar ahí los dos cheques que me mandó mi papá: 355 francos en total. Por lo pronto saqué trescientos. Me compré unos libros y dos discos de la colección Seghers de poesía: de Villon y de Brassens. Todavía me queda una buena reserva en el banco, no se preocupen. Si tengo que salir de aquí, saco todo y me voy a Londres, y de ahí a casa de mis tíos 8), a donde entonces me podrían mandar algo. Si la huelga termina, entonces me quedo aquí, espero el pago de mi beca, etc.
El tiempo -climático- se ha puesto delicioso. Lástima de todo el resto... Los museos
están cerrados, no se ve a muchos turistas; las calles están horribles de sucias, pues los basureros también están en huelga; la limpieza más elemental est á a cargo de carros militares enviados por el gobierno. En general, la provisión de víveres está bien, salvo que, como las señoras ‘se sont affolées’ los primeros días, ya no queda ni un grano de azúcar; pero siempre esta la leche Nestlé que sirve casi para lo mismo. Los grandes almacenes están ocupados por los huelguistas, y así... Los vuelos a Londres, Bélgica y Ginebra están asegurados (otro galicismo, creo) por aviones militares.
A fin de cuentas, puede que el único país que esté ahorita en paz –y eso porque no tengo ninguna noticia de lo contrario- sea México 9). Así que probablemente me vean pronto de regreso. Y... no hagan caso de lo que les decía en otra carta: no es tan dramático para mí el volver. Al contrario, después de esta experiencia extraordinaria y, ¿por qué no? Maravillosa. Pero dénse cuenta de que es en estos momentos precisamente, cuando más ganas tengo de permanecer en Europa: será lo que sea, pero no me resigno a perder un solo minuto de éstos.
Por otra parte, tengo ganas de verlos! Tengo ganas de hablar con todos y cada uno de ustedes: papá. mamá, Cone, Susi, Ofe, mi Pablín. De ver mi ciudad hermosa, de caminar por sus calles, de oír a su gente. Ganas de ver a los amigos, y de trabajar
allá, claro. Estoy dramática, perdónenme. No se inquieten por mí, cuídense, que yo haré lo mismo, lo prometo. Mi amor para todos.
Viernes 31 de mayo
No sé por qué andaba con la idea de que hoy era jueves y de que podía esperar hasta mañana para continuar ésta, pero como Ma. Jeanne saldrá mañana temprano, pasaré a dejársela hoy en la noche. Ayer estuvimos Anne y yo con ella un rato, comentando el discurso de De Gaulle; Ma. Jeanne estaba preocupada y molesta.
Hoy en la mañana fui con Anne a la Embajada Mexicana,: lo único que pueden hacer es enviar correspondencia con gente que vaya a México (periodistas, etc.) y me dieron la dirección de donde están saliendo a diario autocares rumbo a Bruselas. Me dijeron que no vale la pena reservar, que mejor llegar ahí en cuanto uno quiera partir. Por otra parte, en el radio dijeron que los vuelos a Londres se estaban limitando, y que los extranjeros qu quisieran salir de Francia, sólo podrían sacar de aquí, en moneda francesa, mil francos. Vi que en la Embajada los últimos periódicos eran los del 13 de mayo, lo cual me parece exagerado pues la huelga definitiva no empezó hasta el 18.
Parece ser que a partir de mañana, algunos servicios empezarán a regularizase: el de correo en el interior del país, y el de venta de gasolina. Por cierto, detalle chistoso para mí, que no lo había entendido, desde antier veía a toda clase de gente en bicicleta: señores, muchachas, viejitas. Anne me explicó que, claro, todos ellos se acuerdan muy bien de la última guerra, y reaccionan en consecuencia. Si no hay gasolina, queda la bicicleta como medio de transporte ideal.
Hoy me puse a acomodar parte de mis ‘chivas’. Es horrible la cantidad de cosas que he llegado a acumular! Y que no pienso tirar... Todos los periódicos y revistas con informaciones sobre la huelga, libros, cartas –y eso que no he guardado sino las de la familia y algunas otras; mis apuntes de viaje, y todos los planos y guías de París, Bruselas, Londres, Madrid, etc.... Nada de eso, claro, me cabrá en las maletas, así que ya lo metí en cajas de cartón. Todavía me quedan 1,800 francos en el banco, aparte de la ‘lana’ de los libros que me tienen que reembolsar, de modo que por ese lado no me preocupo.
Ahora sí ya hace bastante calor, y no dan muchas ganas de salir a la calle!
A estas horas ya está formado el nuevo gobierno provisional hasta las elecciones . Aparte de algunos casos de represión de los CRS en povincia, y de pláticas entre los sindicatos para la vuelta al trabajo, por el momento no se sabe más.
Me esperaré a comprar Le Monde, que sale a las 2pm pero que por aquí no llega sino hasta las tres y media o cuatro. ¡Ayer sacaron cinco ediciones!
Parece que la mamá de Ginette se quedará sin trabajo. Estaba empleada en una agencia de publicidad, que acaba de cerrar, tal vez definitivamente. Ginette me cuenta que la revista Marie Claire ha desaparecido. Y luego, quién sabe si los demás periódicos, como el Nouvel Observateur, que se ha mantenido del lado de los estudiantes, vayan a poder continuar con el próximo gobierno.
Por más que me quiebro la cabeza, no acabo de comprender completamente la situación. Ma. Jeanne y Anne comentaban anoche que, sea como sea, van a caer en una dictadura, ‘del color que sea’, ya que la economía del país se ha venido por los suelos, y que la única manera de levantarse será imponiendo el orden de la fuerza y el trabajo en todo el país. ¡Hay que ver lo que han comentado los franquistas en Madrid! Uno se pregunta, qué sentido tuvo entonces la lucha? Pero nada era previsible, cada día ha traído una sorpresa. Las dos me decían que feliz yo que era extranjera. Anne, ¡es fantástica!, empezó a pensar muy seriamente en tomar partido y ‘s’engager’ en un movimiento determinado. Hablaba un poco como el Sartre de Los caminos de la libertad. Que no importaba que tuviera sólo 19 años, que sus padres comprenderían bien su decisión. ¿Se imaginan esto? Cuando ella nació, sus padres acababan de salir de la segunda guerra mundial!
Estuve un rato en la Biblioteca traduciendo, y ahora me vine a cenar. La gente, en los cafés, en la biblioteca, en la calle- se ve más o menos tranquila y esperan en general que para el martes (ya que el lunes es de Pentecostés) todo vuelva a la normalidad. Hoy no ha habido ninguna manifestación. Toda la atención se concentra ahora en el problema obrero. Acerca de los estudiantes, sólo se ha dicho que los exámenes de bachillerato tendrán lugar en julio.
Telefoneé a la agencia de viajes y me dijeron que diario hay salidas para Bruselas, a las 9, las 11, 13, 14 y 18 horas; yque el boleto cuesta 50 francos.
Voy a dejarle la carta a Ma. Jeanne. Pienso ir mañana a la Feria Internacional de París, a falta de otra distracción.
Mil besos y todo mi amor,
(firmado) Irene
...
Notas de mayo de 2011
1) Anne Chomel, originaria de Aix-en-Provence; cuatro años menor que yo, la segunda (con su gemela) de una familia de ocho hijos. Nos conocimos en el Resto.U. del Bullier. De entrada me dijo que soñaba con ir a México, y allá vive desde 1970. Gran amiga mía, de Susi y de mi mama, a la que veo cada vez que viajo a mi país de origen.
2) Ginette Marot, de mi edad; hija única, vivía con sus padres en las afueras de París; nos conocimos en el autobús de regreso de Londres (¿). Terminó casándose con un español , con quien vive hasta la fecha en Madrid, padres de dos y abuelos de cinco, creo.—La última vez que nos vimos fue en Madrid, cuando muy gentilmente pasaron a recogernos a mi mama, Eugenia y a mí para llevarnos a Toledo por el día.
3)El y Francisco Zanabria se portaron muy bien conmigo, despues de que a mi llegada no encontre lugar en la Casa de Mexico, y tuve que regresar a la ciudad con mi maleta y buscar alojamiento en una Maison de Jeunes Filles, de la rue Mouffetard. --No volví a saber de él, hasta hace unos días, en que por ver su nombre en la lista de créditos de “Como agua para chocolate”, la película, se me ocurrió buscarlo en Internet, y me enteré de que había muerto –se habla de una sobrina, su heredera...
4)Zulima Naval; la conocí en la Universidad; estudiaba Historia, con Armando Torres-Michúa y Roberto Moreno de los Arcos. Nos fuímos a encontrar en el metro de París. Ella estaba con Mónica en una Pensión para Señoritas. Nos hicimos amigas, y a raíz de la huelga, su madre, refugiada de la guerra civil Española, tenía una librería en México y se puso en contacto con mi padre. Su hermano Eduardo se dedicó a escribir; de él leí esta frase sorprendente: “Nací en el exilio”, antes de terminar viviendo en España.—De Monica no se nada mas que era tambien estudiante de Historia; morena, de aspecto enfermizo y familia acomodada. Ni siquiera recuerdo su apellido.
5)7 Ave de Saxe, 7eme, no lejos de las estaciones de metro Segur y Sevres-Babylone.
6)Ma. Jeanne Poux. Habia viajado a Mexico, y mi mama la conocio en el aeropuerto, cuando al regreso de Acapulco, la francesa no encontro a los amigos que debian ir a recogerla. Mi mama, que ya hablaba bien el frances, despues de sus estudios en la Alianza, le ofrecio hospitalidad por una noche, y en la casa, le contamos que faltaba poco para que yo viajara a Paris, con la beca. Ella me mostro a su vez, una gran hospitalidad. El cuarto que alquile era el que habia desocupado el hijo mayor de su prima y su marido, un doctor martiniques. Ma. Jeanne vivia en un departamento en el mismo edificio. Era guia de turistas; hablaba perfectamente el ingles, y algo de espanol. La volvi a ver, con Brian, tal vez en 1977 ya casada.
7)Sally Howe, norteamericana, originaria de Massachusetts. Nos volvimos a encontrar en Nueva York en octubre de 1969, a mi llegada para trabajar en las Naciones Unidas. Ella terminaba su maestria en Columbia University. Seguimos en contacto acaba de jubilarse de maestra de frances en Orange, Mass.
8) Leticia y Gordon Lakin, quienes Vivian con sus tres hijos en Burton-on-Trent. Habia pasado mi primera Nochebuena fuera de Mexico con ellos, en Nottingham.
9) Desmemoriada, o ya entrenada en los mecanismos de evasion. Mexico, es cierto, no estaba en guerra (tampoco lo estaba Francia). No obstante, en los meses inmediatamente anteriores a mi viaje, las politicas del Rector Chavez de la UNAM, habian provocado que los estudiantes se declararan en huelga.... Yo ya no tomaba cursos; estaba preparandome para defender mi tesis (“El Modernismo y la teoria del Arte por el Arte”, ni mas ni menos! Que me dirigia el gran Juan Jose Arreola). Mis companeros de Facultad, mis mejores amigos, mi novio, insistian en que fuera con ellos a las reuniones. Yo me sentia aterrada ante la propuesta, paralizada de la ansiedad. Para que? Yo ya me estaba yendo...—Si hubiera regresado a Mexico en septiembre de 1968, habria sido testigo de los actos estudiantiles y de represion policiaca que desembocarian, el 2 de octubre, a la sombra del barullo de las Olimpiadas (Zuilima regreso y se hizo edecana), de las escenas publicadas en la prensa, en particular de la que lleno una pagina de los diarios que lei en Burdeos (v. NB): una fotografia memorable y sumamente significativa por ‘incompleta’: de pie y de espaldas a unos tanques, o con una rodilla en tierra, mirando hacia arriba, tres o cuatro soldados mexicanos –rasgos indigenas entre el casco y el cuello de uniforme-, con expresion tensa y feroz, apuntan hacia las azoteas de los edificios del conjunto habitacional de Nonoalco-Tlatelolco... (cf. Fuerte es el silencio, de Elena Poniatowska, entre otros).
...
NB: No volvi a Mexico hasta septiembre de 1969, despues de haber aprobado el examen de traduccion en las Naciones Unidas.- Para octubre de 1968, el Ministerio de Educacion de Francia nos tenia reservado, a mi y a otros becarios, un puesto de asistente, en mi caso de espanol y en Burdeos, en un liceo para ninas.
Saturday, May 14, 2011
Friday, October 1, 2010
del decir o no decir
"Vamos decime, contame,
Todo lo que a vos te está pasando ahora
Porque si no cuando esta tu alma sola llora
Hay que sacarlo todo afuera como la primavera
Nadie quiere que adentro algo se muera
Hablar mirándose a los ojos saca lo que se puede afuera
Para que adentro nazcan cosas nuevas)"
Canción de Mercedes Sosa y Piero que me cita Chema. Y le respondo:
La encuentro mejor que la sentencia que hace tiempo saqué del Evangelio herético según Santo Tomás:
'Si no sacas lo que llevas dentro, lo que llevas dentro te destruirá. Si sacas lo que llevas dentro, lo que llevas dentro te salvará.' y que al final significa lo mismo.
...
Una lástima, el silencio que se instala entre dos seres, por un malentendido, por un no conocerse bien. Por una vida de decirse poco, se termina diciendo mal.
"Tú siempre..." O, peor aún: "No me interesa lo que tengas que decir..."
...
Un regalo, cuando entre dos seres se establece una relación de respeto y confianza (de admiración y consideración mutuas, sin importar las diferencias de temperamento).
"Me felicito de ser tu amiga, tu hermana, tu esposa, tu hija...”
...
Todo lo que a vos te está pasando ahora
Porque si no cuando esta tu alma sola llora
Hay que sacarlo todo afuera como la primavera
Nadie quiere que adentro algo se muera
Hablar mirándose a los ojos saca lo que se puede afuera
Para que adentro nazcan cosas nuevas)"
Canción de Mercedes Sosa y Piero que me cita Chema. Y le respondo:
La encuentro mejor que la sentencia que hace tiempo saqué del Evangelio herético según Santo Tomás:
'Si no sacas lo que llevas dentro, lo que llevas dentro te destruirá. Si sacas lo que llevas dentro, lo que llevas dentro te salvará.' y que al final significa lo mismo.
...
Una lástima, el silencio que se instala entre dos seres, por un malentendido, por un no conocerse bien. Por una vida de decirse poco, se termina diciendo mal.
"Tú siempre..." O, peor aún: "No me interesa lo que tengas que decir..."
...
Un regalo, cuando entre dos seres se establece una relación de respeto y confianza (de admiración y consideración mutuas, sin importar las diferencias de temperamento).
"Me felicito de ser tu amiga, tu hermana, tu esposa, tu hija...”
...
Wednesday, March 10, 2010
Memoria
TIENE ochentaitrés, el buen hombre. Cada día se levanta antes de las siete, entra al baño y luego baja, por la escalera de servicio. Lo hace lenta, cuidadosamente, sosteniéndose del barandal con una mano . En la otra lleva un libro. En la cocina corta su naranja, se sirve su cereal con leche, se prepara su café; desayuna leyendo el periódico; recibe alguna que otra llamada telefónica. Después se dedica a seguir leyendo su libro, ahí mismo, o en su estudio. Sentado en cualquiera de las sillas de plástico, sobre un cojín.
A las dos o tres horas de haber despertado, vuelve a sentir sueño y se acuesta. La siesta matutina dura hasta las once, más o menos. Entonces se baña y cambia la piyama por ropa de casa. Se sienta a la máquina de escribir, y en dos horas tiene terminada su columna semanal, con o sin cartón ilustrativo.
Con apetito, baja a comer.
Después de casi un año de haberse sentido demasiado débil o adolorido de las piernas para poder salir a comprar su despensa y cocinarse, vuelve a hacerlo. Pone a cocer sin sal un pedazo de pescado congelado al que añade medio aguacate, y luego sazona con aceite y jugo de limón.
Come como siempre lo ha hecho, con un libro abierto delante del plato. Deja los platos en el trastero, y presa de somnolencia, sube a acostarse de nuevo. Cuando se levanta, es hora de ver uno o dos videos, y enseguida de merendar.
Entre sus películas favoritas de los últimos tiempos figuran “El asesino perfecto” (1994, de Luc Besson), “Mi primo Vinny” (1992, de Jonathan Lynn, con Joe Pesci y Marisa Tomei), “Luna de hiel” (Bitter Moon, 1992, de Roman Polanski, con Peter Coyote, Hugh Grant, Emmanuelle Beart, Kristin Scott-Thomas), y de todos los tiempos, las de Chaplin.
Ya no sale mucho a la calle. Y, salvo en contadas excepciones, se aburre en las reuniones familiares, se queja de que ‘no le hacen caso’...
Pero las hijas y el hijo lo visitan, se inquietan por su salud, y por el bienestar de la madre. También dos fieles amigas, que se encontrarán a su lado a la hora de su muerte.
...
Sus artículos aparecen una vez por semana, en un diario y en una revista. Suman cinco, además de las dos caricaturas, lo que produce en seis días, con extrema lucidez y buena memoria; consultando fuentes, sin caer en repeticiones. Lleva haciendo lo mismo aproximadamente desde hace sesenta años.
...
Lamentablemente, a sus lectores les resulta muy difícil, cuando no imposible, enterarse de sus saltos imprevistos de una publicación a otra, de una editorial a otra, y por consiguiente, seguirlo, por mucho admiración y respeto que les merezca.
Así pues, un día me dice Guido Gómez de Silva: “No le pierdo el rastro a tu papá!” (en Excélsior), cuando precisamente, por un malentendido y extrema susceptibilidad, éste ha decidido no seguir publicando ahí su columna, y en cambio aceptar la nueva invitación de Día Siete a colaborar. Y, tiempo atrás, Carmen Boullosa: “Toda mi familia se suscribió a Excélsior, por seguirlo, pero de un día para otro desapareció también de ahí...”
Por cierto que es la revista AHI la que le había ofrecido sus páginas desde 1998, enviándole a un office boy que recoge sus artículos y cartones, y entrega puntualmente el generoso cheque. Desafortunadamente, dicha publicación se conoce principalmente entre sus suscriptores, no se consigue fácilmente en los kioscos, con el resultado previsible de que la gran mayoría de los lectores aficionados al periodista han acabado por perderlo de vista, y se preguntan incluso si seguirá escribiendo.
...
No lo sabe ahora; ¿quizá lo intuye?, pero en los siguientes dos años, aunque no dejará, más que intermitentemente, de escribir y publicar, incluso reunir en un libro su columna recogida de tres publicaciones distintas, corregir las galeras estando en cama, y sufrir decepción (y hacer coraje) al ver que el libro salió, pese a todo, con erratas, su salud se irá deteriorando, al grado de tener que ser hospitalizado con neumonía en julio de 2003, y fallecer en septiembre, de insuficiencia pulmonar y cardíaca.
...
Tampoco sabe, naturalmente -¿quizá lo desea?- que en el segundo aniversario de su muerte, su mujer, sus hijos, sus nietos, sus amigos y admiradores, se reunirán en un foro cultural para recordarlo en sus mejores momentos: los de la crítica lúcida y honrada, el sentido del humor. Le habría gustado, queremos esperar, estar ahí...
...
A las dos o tres horas de haber despertado, vuelve a sentir sueño y se acuesta. La siesta matutina dura hasta las once, más o menos. Entonces se baña y cambia la piyama por ropa de casa. Se sienta a la máquina de escribir, y en dos horas tiene terminada su columna semanal, con o sin cartón ilustrativo.
Con apetito, baja a comer.
Después de casi un año de haberse sentido demasiado débil o adolorido de las piernas para poder salir a comprar su despensa y cocinarse, vuelve a hacerlo. Pone a cocer sin sal un pedazo de pescado congelado al que añade medio aguacate, y luego sazona con aceite y jugo de limón.
Come como siempre lo ha hecho, con un libro abierto delante del plato. Deja los platos en el trastero, y presa de somnolencia, sube a acostarse de nuevo. Cuando se levanta, es hora de ver uno o dos videos, y enseguida de merendar.
Entre sus películas favoritas de los últimos tiempos figuran “El asesino perfecto” (1994, de Luc Besson), “Mi primo Vinny” (1992, de Jonathan Lynn, con Joe Pesci y Marisa Tomei), “Luna de hiel” (Bitter Moon, 1992, de Roman Polanski, con Peter Coyote, Hugh Grant, Emmanuelle Beart, Kristin Scott-Thomas), y de todos los tiempos, las de Chaplin.
Ya no sale mucho a la calle. Y, salvo en contadas excepciones, se aburre en las reuniones familiares, se queja de que ‘no le hacen caso’...
Pero las hijas y el hijo lo visitan, se inquietan por su salud, y por el bienestar de la madre. También dos fieles amigas, que se encontrarán a su lado a la hora de su muerte.
...
Sus artículos aparecen una vez por semana, en un diario y en una revista. Suman cinco, además de las dos caricaturas, lo que produce en seis días, con extrema lucidez y buena memoria; consultando fuentes, sin caer en repeticiones. Lleva haciendo lo mismo aproximadamente desde hace sesenta años.
...
Lamentablemente, a sus lectores les resulta muy difícil, cuando no imposible, enterarse de sus saltos imprevistos de una publicación a otra, de una editorial a otra, y por consiguiente, seguirlo, por mucho admiración y respeto que les merezca.
Así pues, un día me dice Guido Gómez de Silva: “No le pierdo el rastro a tu papá!” (en Excélsior), cuando precisamente, por un malentendido y extrema susceptibilidad, éste ha decidido no seguir publicando ahí su columna, y en cambio aceptar la nueva invitación de Día Siete a colaborar. Y, tiempo atrás, Carmen Boullosa: “Toda mi familia se suscribió a Excélsior, por seguirlo, pero de un día para otro desapareció también de ahí...”
Por cierto que es la revista AHI la que le había ofrecido sus páginas desde 1998, enviándole a un office boy que recoge sus artículos y cartones, y entrega puntualmente el generoso cheque. Desafortunadamente, dicha publicación se conoce principalmente entre sus suscriptores, no se consigue fácilmente en los kioscos, con el resultado previsible de que la gran mayoría de los lectores aficionados al periodista han acabado por perderlo de vista, y se preguntan incluso si seguirá escribiendo.
...
No lo sabe ahora; ¿quizá lo intuye?, pero en los siguientes dos años, aunque no dejará, más que intermitentemente, de escribir y publicar, incluso reunir en un libro su columna recogida de tres publicaciones distintas, corregir las galeras estando en cama, y sufrir decepción (y hacer coraje) al ver que el libro salió, pese a todo, con erratas, su salud se irá deteriorando, al grado de tener que ser hospitalizado con neumonía en julio de 2003, y fallecer en septiembre, de insuficiencia pulmonar y cardíaca.
...
Tampoco sabe, naturalmente -¿quizá lo desea?- que en el segundo aniversario de su muerte, su mujer, sus hijos, sus nietos, sus amigos y admiradores, se reunirán en un foro cultural para recordarlo en sus mejores momentos: los de la crítica lúcida y honrada, el sentido del humor. Le habría gustado, queremos esperar, estar ahí...
...
Saturday, October 24, 2009
KENYA--- Segunda parte
LOS SIRVIENTES
Michael, el joven jardinero, y Rose, la cocinera y empleada doméstica, venían “con la casa" Al muchacho, Ndegwa lo había contratado desde que había comprado la propiedad, para que se la vigilara y le arreglara el jardín. Los anteriores inquilinos, también funcionarios internacionales, habían contratado a Rose, con excelentes referencias, para que les cuidara a su niño de dos años. Nos encarecieron que los aceptáramos como empleados, "de otra manera, quedarán en la calle". Nosotros no tuvimos ninguna objeción: ¿Qué mejor que contar con la ayuda de alguien que ya estaba familiarizado con la casa, con el barrio?
Rose pertenece a la tribu luo. Todo lo hace y lo dice con la sonrisa en la boca, no obstante su viudez de ocho años, con cinco hijos, el menor de los cuales cursa la enseñanza primaria en un internado. La hija mayor estudia para secretaria, y con la madre de Rose viven dos hijas más, en Kakamega, su región natal, cerca de la frontera con Uganda.
Michael dice que tiene 25 años, pero no aparenta más de 19: delgado y de aspecto frágil, muy callado, tiene la costumbre de comunicarse con nosotros por carta, que nos entrega en la mano, en sobre cerrado y debidamente rotulado... Pensé yo que podríamos tener con ellos una relación más cercana por vivir a un lado de la casa, pero no avanzó mucho más después de aquella ocasión en que visitaron a Rose su mamá y su hija mayor, y a la semana siguiente las llevamos en el coche a la terminal de autobuses, donde tomarían uno que las llevara a su casa, en Kakamega, a cinco horas de Nairobi. O después de que Michael, creo que a raíz de mi respuesta afirmativa a su solicitud de un préstamo de 4,000 chelines (80 dólares americanos, el sueldo mensual), pagaderos a plazos, se ofreció a mostrarnos las fotos de su familia, su casa, y las que le había tomado el Sr. Anderson, con el bebé y la madre.
Ése era el secreto: mis hijos no eran chiquitos, no se los encargaba a Rose y a Michael, y por ende no pudo desarrollarse una relación como la que hubo con las nanas de su infancia, quienes convivían con nosotros, ayudaban a los niños con la tarea, y además compartían su idioma materno. En Nairobi era distinto; en cuanto
llegaban de la escuela, mis hijos subían y se encerraban en su cuarto -nunca supe si por costumbre de vivir en departamento, o por rebelión, nunca salieron al jardín, a
leer o sólo a contemplar las flores y los pajaros y sentir el sol en la piel, como yo hice algunas veces. A decir verdad, el jardín, los pájaros, las flores y el sol
los tenían todo el día, en la escuela!-.
Así pues, fuera del "buenos días" a Rose y a Michael cuando salían apresuradamente por la mañana, no había más diálogo. Yo misma le había dicho a ella que a partir de
las 4 de la tarde podía retirarse a su habitación, a un lado de la de Michael, detrás de la casa, de modo que era sólo en la mañana, mientras desayunábamos y ella entraba a la cocina a lavar la loza, cuando después del saludo le encargaba lo que había que preparar para la cena: frijoles o lentejas, ricamente sazonados, ejotes, o un pollo con jitomate y cebolla...
Después vino la enfermedad de Michael, y una noche en que estaban sus primas de visita, la crisis de fiebre con convulsiones. Las tres adolescentes se asustaron y antes de pensar en avisarme, pulsaron el timbre con el que se llamaba a los servicios de seguridad, que acudieron raudos y veloces, pero fueron incapaces de ofrecernos servicios de ambulancia. Brian llegó de un ensayo, y con Alan y Rose llevó a Michael al hospital más cercano. Quedó internado dos o tres días, afectado de paludismo cerebral; llegaron a verlo su madre y otros parientes con quienes apenas podíamos entendernos en inglés Brian y yo. Y todo esto, en lugar de acercarnos más, nos dejó como más distantes a todos: nosotros temerosos de que se fuera a aprovechar de nuestra preocupación, y él, creyendo que lo culpábamos de haber tenido aquí a sus primas, o tal vez queriendo más de lo que le estábamos dando: regresó de su casa, y de haber visto al médico allá, con una lista de peticiones: "jugo de naranja para reforzarme, vitaminas para abrir el apetito..." Aceptamos comprarle las vitaminas y darle un cartón de jugo a la semana. Brian le dejaba los periódicos del día anterior, que nos había pedido, pero de ahí en fuera, hablábamos poco.
El askari o sereno que nos mandaron los servicios de seguridad, se nos presentó una tarde, a las 7pm, uniformado de verde y cuadrándose: ‘Me llamo Samson”. Era un hombre afable, inteligente, apuesto en su ropa de calle: camisa blanca y pantalón oscuro, pero convertido en mono de organillero por el uniforme verde y apretado.
No tardó Alan en ganarse su confianza. Después nos contó su historia: estaba casado, tenía tres hijos pequeños; había sido parte de la fuerza aérea cuando el levantamiento frustrado contra Moi, a raíz del cual había perdido su puesto y se había visto obligado a buscar empleo en una agencia de seguridad. La agencia se quedaba con el 70% de lo que cobraba al cliente, y a los serenos se les prohibía portar armas. En vista de los peligros inherentes al oficio, Samson nos pidió autorización para llevar, por lo menos, arco y flecha. No eran raros los asaltos de automovilistas a mano armada, ni los robos de casas. Varios askaris habían sido heridos e incluso muerto a manos de ladrones bien pertrechados. (También armados de arco y flecha andaban los vigilantes nocturnos de la Escuela Internacional, muchos de ellos masai).
Llegó la temporada de lluvias y frío, y vimos que tiritaba; cuando Brian llamó a los de la agencia de seguridad para preguntarles si no pensaban proporcionarle un impermeable, dijeron que eso ‘no entraba en el contrato’. Fue entonces cuando Alan, conmovido, le "prestó" su chamarra invernal de Nueva York, con la que Samson se veía feliz. Seguramente tenía, por lo menos los primeros meses, un empleo de día. Debía empezar su turno con nosotros a las 19hrs, vigilar los alrededores de la casa, desde el jardín, toda la noche, y partir al día siguiente a las 7. Pero más de una y dos veces, al llegar mis hijos a las casa un sábado pasadas las 2 de la mañana, era yo la que desde la recámara oía llegar el coche, tocar el claxon, luego el timbre de la puerta, y debía bajar, abrir la puerta y despertar a Samson a gritos, para que abriera el candado de la reja... Y es que no debía limitarse a abrir cuando tocaran el timbre, sino que, desde que oyera acercarse el automóvil, y sonara éste la bocina al doblar la esquina, debía ya estar abriendo el candado, para prevenir cualquier asalto posible en esa calle donde las luces de los faroles habían tardado más en ser instaladas que en ser robadas...
Como Rose, también Samson se vio obligado a pedirnos un préstamo con cargo a su sueldo. Necesitaba una bicicleta, pues desde la parada del autobús hasta la casa eran no menos de dos kilómetros. Y fue Alan nuevamente el que se compadeció de él y nos comunicó su solicitud.
Previsiblemente, ninguno de los tres préstamos pudieron ser pagados en el tiempo que estuvieron Rose, Michael y Samson a nuestro servicio.
…
Como el mexicano, el keniano se alimenta básicamente de frijoles, maíz y chile. Lo que un empleado doméstico gana al mes es lo mínimo necesario para seguir una dieta meramente vegetariana. En Nairobi, los hombres representan el 60% de la población: la mayoría de las mujeres se quedan en el campo, cuidando de los hijos, de la escasa agricultura. De modo que, en las casas de la ciudad y los suburbios sirven no sólo como jardineros y serenos, sino también como mucamos y cocineros. En las pizarras del PNUMA, por ejemplo, junto con coches que se venden y casas que se alquilan, se ofrecen los servicios de hombres y mujeres de confianza, recomendados por sus patrones, quienes incluso añaden un fotografía del interesado, al lado de la de la casa con jardín y el Toyota...
.....
UNA EXPERIENCIA SOCIAL
Pasadas las lluvias y los vientos de agosto, vuelven las mañanas soleadas y los días tibios. El jardín es muy lindo, y pájaros de todo tipo vienen sonoramente a comer el maíz y tomar el agua que Michael les ha colocado en una repisa frente a la cocina. De noche, lo que se oye sobre todo son los grillos y los sapos y ranas.
Nos ha tratado muy bien Arthur Ndegwa, nuestro casero, atendiendo a las diversas solicitudes que le presentábamos: timbre para la puerta, nuevo tanque de agua.
Los blancos que viven en las casas bonitas, entran y salen en coche; los negros que trabajan en los cafetales, así como sus hijos que van a la escuela, van y vienen a pie. Estos escolares visten entre semana el uniforme de suéter rojo y falda o pantalón color café con leche. El domingo, con su ropa más bien harapienta, descalzos, salen a jugar a la calle. Desde la mañana se les oye cantar y llamarse a gritos, y si me asomo a la ventana, los veo jugar: las niñas saltan la cuerda, los niños corren, se llaman a gritos, o se cuelgan de las ramas de los árboles sembrados en la calle, a lo largo de la valla de nuestro jardín, hecha de bambú reforzado con alambre.
Así pues, esta mañana de domingo, entre el canto de los gallos y el martilleo de los albañiles, escucho las voces de los niños. Me asomo a la ventana del segundo piso y desde ahí los veo. En la acera de enfrente, se han apiñado para ver a un hombre que riega con la manguera un trecho de tierra recién plantada. Sonrío, me parece encantador el cuadro: niños y niñas fascinados con el espectáculo del chorro de agua.
Pronto me doy cuenta de que no se trata de eso. Los bracitos se alzan, sosteniendo un vaso, un plato hondo, una botella de plástico cortada a la mitad, hacia el chorro, ¡pidiendo agua! El corazón se me encoge. Ellos la necesitan: el dueño de la casa puede darse el lujo de regar sus plantas con ella. ¿Cuántos niños serán? Cinco, ocho o diez... Sin pensarlo más, bajo a la cocina, saco de la alacena una caja de galletas, un litro de leche de larga conservación y dos botellas de agua de las que compramos la semana anterior, innecesariamente, ya que el agua de Nairobi es potable.
Sintiéndome Florencia Nightingale, salgo a la calle, espléndidamente soleada, y me dirijo a la esquina.
Algunos niños vienen hacia mí. Para cuando llego a la esquina, veo que, salidos de no sé donde, tengo enfrente de mí no a diez, sino a quince, veinte niños de todas las edades, desde dos bebés que unas niñas llevan cargados a la espalda, pasando por niños de cuatro y cinco años hasta otros de once o doce. Han visto la botella, las galletas, y todos a un tiempo alzan el brazo, lo
adelantan, con el vaso, el plato, la botella de plástico, pidiendo a voces que les de agua. Con gran rapidez, como una colonia de hormigas, o un enjambre de avispas, me rodean, tan de cerca que no me dejan maniobrar para servirles.
-¡Así no!, les pido. No les puedo servir el agua; se va a tirar toda. Háganse a un lado. Siéntense.
Tres, cuatro de los más pequeños, como animalitos dóciles obedecen, se dejan caer ahí mismo, sobre la tierra. Pero los demás avanzan, sordos o ciegos... Vuelvo a levantar la voz, esta vez entre enojada y presa del pánico.
-¡Si no se apartan, no les doy nada!
Es inútil. No entienden. Creerán que soy Jesús... que de un litro de agua voy a sacar la suficiente para llenar lo que son ahora no menos de treinta recipientes adelantados hacia mí, incluso de lado, bocabajo... No puedo moverme, avanzar o retroceder, ni bajar el brazo, ni verter el agua. Desesperada, miro a mi derredor: niños y más niños, cabezas oscuras, ojos ansiosos, en algunos de los cuales
me parece detectar una chispa de malevolencia –(¿conciencia del poder que tienen en estos momentos sobre mí? Me pregunto, no sé si en ese momento o más tarde: ¿cómo los tratarán en la escuela? ¿qué deberá hacer el maestro o la maestra para hacerlos obedecer, para que se sienten, guarden silencio, saquen los cuadernos? Salones
de más de treinta alumnos, seguramente. ¿A gritos? ¿golpes...?
Desde la reja, Michael me mira medio divertido. Lo llamo:
-Ayúdame, por favor. No puedo darles esto...
¡Michael, Michael!, llaman los niños. Y en cuanto ven que, no se sabe muy bien cómo, el agua y las galletas han cambiado de mano, ellos también, como langostas, cambian de rumbo, me dejan sola y rodean a Michael; lo conocen y con él podrán entenderse en luo, la lengua materna de la mayoría.
Me alejo apresurada, sin querer ni siquiera volverme para saber cómo se las está arreglando él. Lo dejo cercado por los niños, las niñas de cara triste con bebés a la espalda, los pequeños de dulces ojos, y los chamacos mayores, que empujan a los demás... Alcanzo a decir: Son muchos. Y Michael, con una sonrisa difícil de
interpretar y en un estilo típicamente keniano:
Sí, son demasiados...
Estoy ante la reja en el momento en que pasan dos mujeres, las primeras que veo esa mañana, las únicas otras dos personas mayores además de Michael y yo (el
jardinero de la manguera ha desaparecido sin que yo me diera cuenta). Con un gesto que es mezcla de optimismo y resignación, les ofrezco los litros de leche:
Para los más pequeños, murmuro, agotada como si hubiera estado trabajando toda la mañana, y con la firme sospecha de que, si acaso, los guardarán para sus propios hijos, de la edad que sean.
...
Michael, el joven jardinero, y Rose, la cocinera y empleada doméstica, venían “con la casa" Al muchacho, Ndegwa lo había contratado desde que había comprado la propiedad, para que se la vigilara y le arreglara el jardín. Los anteriores inquilinos, también funcionarios internacionales, habían contratado a Rose, con excelentes referencias, para que les cuidara a su niño de dos años. Nos encarecieron que los aceptáramos como empleados, "de otra manera, quedarán en la calle". Nosotros no tuvimos ninguna objeción: ¿Qué mejor que contar con la ayuda de alguien que ya estaba familiarizado con la casa, con el barrio?
Rose pertenece a la tribu luo. Todo lo hace y lo dice con la sonrisa en la boca, no obstante su viudez de ocho años, con cinco hijos, el menor de los cuales cursa la enseñanza primaria en un internado. La hija mayor estudia para secretaria, y con la madre de Rose viven dos hijas más, en Kakamega, su región natal, cerca de la frontera con Uganda.
Michael dice que tiene 25 años, pero no aparenta más de 19: delgado y de aspecto frágil, muy callado, tiene la costumbre de comunicarse con nosotros por carta, que nos entrega en la mano, en sobre cerrado y debidamente rotulado... Pensé yo que podríamos tener con ellos una relación más cercana por vivir a un lado de la casa, pero no avanzó mucho más después de aquella ocasión en que visitaron a Rose su mamá y su hija mayor, y a la semana siguiente las llevamos en el coche a la terminal de autobuses, donde tomarían uno que las llevara a su casa, en Kakamega, a cinco horas de Nairobi. O después de que Michael, creo que a raíz de mi respuesta afirmativa a su solicitud de un préstamo de 4,000 chelines (80 dólares americanos, el sueldo mensual), pagaderos a plazos, se ofreció a mostrarnos las fotos de su familia, su casa, y las que le había tomado el Sr. Anderson, con el bebé y la madre.
Ése era el secreto: mis hijos no eran chiquitos, no se los encargaba a Rose y a Michael, y por ende no pudo desarrollarse una relación como la que hubo con las nanas de su infancia, quienes convivían con nosotros, ayudaban a los niños con la tarea, y además compartían su idioma materno. En Nairobi era distinto; en cuanto
llegaban de la escuela, mis hijos subían y se encerraban en su cuarto -nunca supe si por costumbre de vivir en departamento, o por rebelión, nunca salieron al jardín, a
leer o sólo a contemplar las flores y los pajaros y sentir el sol en la piel, como yo hice algunas veces. A decir verdad, el jardín, los pájaros, las flores y el sol
los tenían todo el día, en la escuela!-.
Así pues, fuera del "buenos días" a Rose y a Michael cuando salían apresuradamente por la mañana, no había más diálogo. Yo misma le había dicho a ella que a partir de
las 4 de la tarde podía retirarse a su habitación, a un lado de la de Michael, detrás de la casa, de modo que era sólo en la mañana, mientras desayunábamos y ella entraba a la cocina a lavar la loza, cuando después del saludo le encargaba lo que había que preparar para la cena: frijoles o lentejas, ricamente sazonados, ejotes, o un pollo con jitomate y cebolla...
Después vino la enfermedad de Michael, y una noche en que estaban sus primas de visita, la crisis de fiebre con convulsiones. Las tres adolescentes se asustaron y antes de pensar en avisarme, pulsaron el timbre con el que se llamaba a los servicios de seguridad, que acudieron raudos y veloces, pero fueron incapaces de ofrecernos servicios de ambulancia. Brian llegó de un ensayo, y con Alan y Rose llevó a Michael al hospital más cercano. Quedó internado dos o tres días, afectado de paludismo cerebral; llegaron a verlo su madre y otros parientes con quienes apenas podíamos entendernos en inglés Brian y yo. Y todo esto, en lugar de acercarnos más, nos dejó como más distantes a todos: nosotros temerosos de que se fuera a aprovechar de nuestra preocupación, y él, creyendo que lo culpábamos de haber tenido aquí a sus primas, o tal vez queriendo más de lo que le estábamos dando: regresó de su casa, y de haber visto al médico allá, con una lista de peticiones: "jugo de naranja para reforzarme, vitaminas para abrir el apetito..." Aceptamos comprarle las vitaminas y darle un cartón de jugo a la semana. Brian le dejaba los periódicos del día anterior, que nos había pedido, pero de ahí en fuera, hablábamos poco.
El askari o sereno que nos mandaron los servicios de seguridad, se nos presentó una tarde, a las 7pm, uniformado de verde y cuadrándose: ‘Me llamo Samson”. Era un hombre afable, inteligente, apuesto en su ropa de calle: camisa blanca y pantalón oscuro, pero convertido en mono de organillero por el uniforme verde y apretado.
No tardó Alan en ganarse su confianza. Después nos contó su historia: estaba casado, tenía tres hijos pequeños; había sido parte de la fuerza aérea cuando el levantamiento frustrado contra Moi, a raíz del cual había perdido su puesto y se había visto obligado a buscar empleo en una agencia de seguridad. La agencia se quedaba con el 70% de lo que cobraba al cliente, y a los serenos se les prohibía portar armas. En vista de los peligros inherentes al oficio, Samson nos pidió autorización para llevar, por lo menos, arco y flecha. No eran raros los asaltos de automovilistas a mano armada, ni los robos de casas. Varios askaris habían sido heridos e incluso muerto a manos de ladrones bien pertrechados. (También armados de arco y flecha andaban los vigilantes nocturnos de la Escuela Internacional, muchos de ellos masai).
Llegó la temporada de lluvias y frío, y vimos que tiritaba; cuando Brian llamó a los de la agencia de seguridad para preguntarles si no pensaban proporcionarle un impermeable, dijeron que eso ‘no entraba en el contrato’. Fue entonces cuando Alan, conmovido, le "prestó" su chamarra invernal de Nueva York, con la que Samson se veía feliz. Seguramente tenía, por lo menos los primeros meses, un empleo de día. Debía empezar su turno con nosotros a las 19hrs, vigilar los alrededores de la casa, desde el jardín, toda la noche, y partir al día siguiente a las 7. Pero más de una y dos veces, al llegar mis hijos a las casa un sábado pasadas las 2 de la mañana, era yo la que desde la recámara oía llegar el coche, tocar el claxon, luego el timbre de la puerta, y debía bajar, abrir la puerta y despertar a Samson a gritos, para que abriera el candado de la reja... Y es que no debía limitarse a abrir cuando tocaran el timbre, sino que, desde que oyera acercarse el automóvil, y sonara éste la bocina al doblar la esquina, debía ya estar abriendo el candado, para prevenir cualquier asalto posible en esa calle donde las luces de los faroles habían tardado más en ser instaladas que en ser robadas...
Como Rose, también Samson se vio obligado a pedirnos un préstamo con cargo a su sueldo. Necesitaba una bicicleta, pues desde la parada del autobús hasta la casa eran no menos de dos kilómetros. Y fue Alan nuevamente el que se compadeció de él y nos comunicó su solicitud.
Previsiblemente, ninguno de los tres préstamos pudieron ser pagados en el tiempo que estuvieron Rose, Michael y Samson a nuestro servicio.
…
Como el mexicano, el keniano se alimenta básicamente de frijoles, maíz y chile. Lo que un empleado doméstico gana al mes es lo mínimo necesario para seguir una dieta meramente vegetariana. En Nairobi, los hombres representan el 60% de la población: la mayoría de las mujeres se quedan en el campo, cuidando de los hijos, de la escasa agricultura. De modo que, en las casas de la ciudad y los suburbios sirven no sólo como jardineros y serenos, sino también como mucamos y cocineros. En las pizarras del PNUMA, por ejemplo, junto con coches que se venden y casas que se alquilan, se ofrecen los servicios de hombres y mujeres de confianza, recomendados por sus patrones, quienes incluso añaden un fotografía del interesado, al lado de la de la casa con jardín y el Toyota...
.....
UNA EXPERIENCIA SOCIAL
Pasadas las lluvias y los vientos de agosto, vuelven las mañanas soleadas y los días tibios. El jardín es muy lindo, y pájaros de todo tipo vienen sonoramente a comer el maíz y tomar el agua que Michael les ha colocado en una repisa frente a la cocina. De noche, lo que se oye sobre todo son los grillos y los sapos y ranas.
Nos ha tratado muy bien Arthur Ndegwa, nuestro casero, atendiendo a las diversas solicitudes que le presentábamos: timbre para la puerta, nuevo tanque de agua.
Los blancos que viven en las casas bonitas, entran y salen en coche; los negros que trabajan en los cafetales, así como sus hijos que van a la escuela, van y vienen a pie. Estos escolares visten entre semana el uniforme de suéter rojo y falda o pantalón color café con leche. El domingo, con su ropa más bien harapienta, descalzos, salen a jugar a la calle. Desde la mañana se les oye cantar y llamarse a gritos, y si me asomo a la ventana, los veo jugar: las niñas saltan la cuerda, los niños corren, se llaman a gritos, o se cuelgan de las ramas de los árboles sembrados en la calle, a lo largo de la valla de nuestro jardín, hecha de bambú reforzado con alambre.
Así pues, esta mañana de domingo, entre el canto de los gallos y el martilleo de los albañiles, escucho las voces de los niños. Me asomo a la ventana del segundo piso y desde ahí los veo. En la acera de enfrente, se han apiñado para ver a un hombre que riega con la manguera un trecho de tierra recién plantada. Sonrío, me parece encantador el cuadro: niños y niñas fascinados con el espectáculo del chorro de agua.
Pronto me doy cuenta de que no se trata de eso. Los bracitos se alzan, sosteniendo un vaso, un plato hondo, una botella de plástico cortada a la mitad, hacia el chorro, ¡pidiendo agua! El corazón se me encoge. Ellos la necesitan: el dueño de la casa puede darse el lujo de regar sus plantas con ella. ¿Cuántos niños serán? Cinco, ocho o diez... Sin pensarlo más, bajo a la cocina, saco de la alacena una caja de galletas, un litro de leche de larga conservación y dos botellas de agua de las que compramos la semana anterior, innecesariamente, ya que el agua de Nairobi es potable.
Sintiéndome Florencia Nightingale, salgo a la calle, espléndidamente soleada, y me dirijo a la esquina.
Algunos niños vienen hacia mí. Para cuando llego a la esquina, veo que, salidos de no sé donde, tengo enfrente de mí no a diez, sino a quince, veinte niños de todas las edades, desde dos bebés que unas niñas llevan cargados a la espalda, pasando por niños de cuatro y cinco años hasta otros de once o doce. Han visto la botella, las galletas, y todos a un tiempo alzan el brazo, lo
adelantan, con el vaso, el plato, la botella de plástico, pidiendo a voces que les de agua. Con gran rapidez, como una colonia de hormigas, o un enjambre de avispas, me rodean, tan de cerca que no me dejan maniobrar para servirles.
-¡Así no!, les pido. No les puedo servir el agua; se va a tirar toda. Háganse a un lado. Siéntense.
Tres, cuatro de los más pequeños, como animalitos dóciles obedecen, se dejan caer ahí mismo, sobre la tierra. Pero los demás avanzan, sordos o ciegos... Vuelvo a levantar la voz, esta vez entre enojada y presa del pánico.
-¡Si no se apartan, no les doy nada!
Es inútil. No entienden. Creerán que soy Jesús... que de un litro de agua voy a sacar la suficiente para llenar lo que son ahora no menos de treinta recipientes adelantados hacia mí, incluso de lado, bocabajo... No puedo moverme, avanzar o retroceder, ni bajar el brazo, ni verter el agua. Desesperada, miro a mi derredor: niños y más niños, cabezas oscuras, ojos ansiosos, en algunos de los cuales
me parece detectar una chispa de malevolencia –(¿conciencia del poder que tienen en estos momentos sobre mí? Me pregunto, no sé si en ese momento o más tarde: ¿cómo los tratarán en la escuela? ¿qué deberá hacer el maestro o la maestra para hacerlos obedecer, para que se sienten, guarden silencio, saquen los cuadernos? Salones
de más de treinta alumnos, seguramente. ¿A gritos? ¿golpes...?
Desde la reja, Michael me mira medio divertido. Lo llamo:
-Ayúdame, por favor. No puedo darles esto...
¡Michael, Michael!, llaman los niños. Y en cuanto ven que, no se sabe muy bien cómo, el agua y las galletas han cambiado de mano, ellos también, como langostas, cambian de rumbo, me dejan sola y rodean a Michael; lo conocen y con él podrán entenderse en luo, la lengua materna de la mayoría.
Me alejo apresurada, sin querer ni siquiera volverme para saber cómo se las está arreglando él. Lo dejo cercado por los niños, las niñas de cara triste con bebés a la espalda, los pequeños de dulces ojos, y los chamacos mayores, que empujan a los demás... Alcanzo a decir: Son muchos. Y Michael, con una sonrisa difícil de
interpretar y en un estilo típicamente keniano:
Sí, son demasiados...
Estoy ante la reja en el momento en que pasan dos mujeres, las primeras que veo esa mañana, las únicas otras dos personas mayores además de Michael y yo (el
jardinero de la manguera ha desaparecido sin que yo me diera cuenta). Con un gesto que es mezcla de optimismo y resignación, les ofrezco los litros de leche:
Para los más pequeños, murmuro, agotada como si hubiera estado trabajando toda la mañana, y con la firme sospecha de que, si acaso, los guardarán para sus propios hijos, de la edad que sean.
...
KENYA 1994-1995
LA LLEGADA
Tras quince horas de vuelo desde Nueva York, vía Londres, llegamos a Nairobi a las 3am del 30 de junio de 1994: Brian, nuestro hijos Alan e Ian y yo. Pasaremos un año en Kenya, yo como titular de un puesto de traductora/revisora en los servicios de conferencias del Consejo de Administración del PNUMA. En el aeropuerto, para mostrar los pasaportes tenemos que pararnos de puntas, alzar la cabeza: el funcionario se encuentra trepado en un estrado de madera, prácticamente inaccesible. Llenamos la tarjeta anaranjada que dice: Republic of Kenya, entry of declaration form, un poco temerosos bajo la mirada vigilante del Presidente. Su joven retrato aparece en todas partes, enmarcado y colgando de la pared de oficinas públicas, negocios y escuelas, públicas y privadas, e impreso en todos los billetes y monedas (salvo aquéllas en las que todavía aparece Kenyatta: las de diez centavos).
NAIROBI I
La ciudad se fundó en 1899, a un lado de la estación de ferrocarril que los ingleses hacían construir entre Mombasa y Kampala. Se le dio el nombre de uno de los ríos que la cruzan, Enkare Nairobi, que en maa significa Aagua fría. Situada en la región central del país, al sur del Ecuador y a poca distancia del Monte Kenya de nevadas cumbres, goza de clima templado y seco, con lluvias "cortas" y "largas" dos o más veces al año. Aquí se estableció, a partir de 1906, y sustituyendo a Mombasa, la capital del país, entonces Protectorado británico.
El centro es un rectángulo de unas veinte cuadras por doce. Los edificios más antiguos datan de principios de siglo, algunos terriblemente arruinados, y otros, elegantísimos y en perfecto funcionamiento, como el Hotel Norfolk, frente al Teatro Nacional y la Universidad, y a espaldas del "mercado de las mujeres", porque son principalmente mujeres las que todos los martes, de ocho a cinco, se sientan en petates, en una colina pelona, a vender sus artesanías: tallas de madera, collares, bolsas de henequén, figuras de piedra. Al principio, nos parece que todas éstas son poco variadas, no muy vistosas, no especialmente bien hechas. Pero con el tiempo, al relacionar cada pieza que compramos con la visita a un lugar, con la cercanía de un grupo de vendedores o de los propios artesanos, les tomamos cariño. Al final de nuestra estadía llegaremos a acumular una buena cantidad de recuerdos kenianos.
En el mercado central, parecido a los de México, también se venden artesanías: se encuentran en el primer piso, mientras que en la planta baja podemos comprar frutas y verduras. Tengo que volver a aprender a regatear (en la primera semana de nuestra llegada, en un puesto callejero de frutas, me dejé estafar por vendedores que me ofrecían probaditas de mango, gajos de naranja, uvas, y me convencieron de que llevara unas seis guanábanas, media sandía y una piña por el equivalente en chelines kenianos a veinte dólares americanos).
...
LA CASA
Vecina de otras parecidas, rodeadas de jardines bellísimos, nuestra casa se levanta en una esquina, en el suburbio llamado New Runda, separado de Runda, antigua finca que arranca de Limuru road, por un trecho de unos cien metros de tierra roja, bordeado de un lado por cafetos y del otro por las viviendas de los trabajadores, bajas, de cemento y techo de lámina. Como las demás residencias, diseñadas por el mismo grupo de arquitectos que contrató el banco constructor, la nuestra es de dos pisos, con techo de teja roja, rejas blancas en las ventanas y en las puertas de vidrio. La planta baja luce arcos y pilares. Un jardín la rodea y una sólida reja pintada de negro la protege del exterior, cerrada con cadena y candado.
Contra esquina se encuentra una escuela pública, y enfrente un bosque, el Karura, se extiende casi sin límites, salpicado aquí y allá por incipientes construcciones, que se multiplican como hongos. A ambos lados de las casas de los trabajadores, parcelas sembradas de maíz, ese maíz blanco y duro de Kenya que, asado al carbón la gente compra y come en la calle.
La casa tiene tres entradas: la principal sólo la abríamos cuando teníamos invitados. La segunda era una reja que se abría en la sala y daba a una pequeña terraza de ladrillo con techo y al frente del jardín, al macizo de flores multicolores que Michael, el jardinero, había plantado y cuidaba, y el árbol frondoso de flores amarillas en estación que nos cubría la reja a la calle
(el propósito original debe haber sido que mantuviera a los habitantes al resguardo de las miradas curiosas de los de afuera). Esta sólo la abrimos una vez: con ocasión
de la fiesta de cumpleaños de Ian y de su amigo Mo (Mohammed), para que los muchachos que quisieran fumar salieran al jardín sin apartarse del resto. Por último, la puerta de servicio se abría de la cocina a la azotehuela que compartían los sirvientes, cuyos cuartos y baños se encontraban en la parte trasera de la casa. Esta era la puerta que abríamos temprano, por la que salían los muchachos para esperar el autobús de la escuela, en la esquina, corriendo siempre y llamando a Michael para que les abriera la reja, por la que entraba Rose a hacer el quehacer y por la que salíamos Brian y yo para tomar el coche estacionado en la parte trasera. Por este método, todos nos mojábamos un poco los zapatos en tiempos de lluvia, pero Brian insistía, tal vez con razón, en que abrir la puerta principal, que era doble,
es decir, una de madera y una reja de metal y vidrio, y asegurábamos con llave la una y con cadena y dos candados la otra, era una lata.
Todos los paraísos tienen su precio. Vivir en un barrio residencial, en una casa espaciosa y rodeada de jardín, significaba la necesidad de tomar extremadas precauciones de seguridad, a las que probablemente uno acabaría por acostumbrarse y tomar como parte de la rutina, pero que de entrada eran terriblemente enojosas, frustrantes de una supuesta libertad a la que, en una ciudad de tan mala fama como Nueva York, estábamos acostumbrados. Por lo menos a Alan y a mí nos incomodaba muchísimo no usar la puerta que daba al sendero, tener que cerrar o ver que Brian e Ian cerraban antes de acostarnos los candados no sólo de la cocina sino también de la reja que, al subir a las recámaras, separaba la planta alta de la baja, la llamada "reja mau", porque fue la que los blancos se construyeron a la carrera en medio del pánico que les produjo la revuelta del movimiento kikuyu, y más recientemente, el amago de levantamiento a raíz de las elecciones de 1988. Además, habíamos hecho instalar, por recomendación y con cargo al presupuesto de las Naciones Unidas, un sistema de alarma en toda la casa, que naturalmente también había que activar en la noche y desactivar en la mañana.
*
KENIANOS
Un aspecto sin duda fascinante de Nairobi es su cosmopolitismo: se ve gente de todas razas y colores; los kenianos de diversas tribus, los indios, los musulmanes; turistas internacionales; residentes de larga data de muchas partes del mundo: misioneros norteamericanos, monjas y seminaristas de México, el personal diverso y a la vez uniforme de los organismos de las Naciones Unidas, pues hay aquí oficinas del UNICEF, el PNUD, el OACNUR, por supuesto la fuerza de Somalia, etc., además de HÁBITAT y el Programa para el Medio Ambiente (PNUMA). Existen otros centros culturales además del francés y el británico: el instituto cultural italiano, el japonés, el Instituto Goethe.
Los llamados "asiáticos" constituyen un segmento importante de la población keniana. Son descendientes de los indios que vinieron por el Océano Indico hace cientos de años y se establecieron en la costa, como comerciantes, y de aquéllos que más tarde, hace cosa de un siglo, los británicos trajeron como "trabajadores contratados" para la construcción del ferrocarril Mombasa-Uganda. Se quedaron aquí y forman ahora la clase comerciante y próspera de Kenya y de todo el África oriental. Su posición no es diferente de la de los judíos en muchas partes del mundo; trabajadores, estudiosos, ordenados, con un sólido espíritu de unión familiar y religiosa, se mantienen aislados en sus tradiciones, constituyen la burguesía y son objeto de un cierto resentimiento general. En más de una oportunidad fuimos testigos de situaciones en las que, si era el negro el que tenía el poder, lo ejercía discriminatoriamente contra el indio, de hecho su compatriota, incluso para favorecer al blanco, keniano o no.
El primer indio al que tratamos fue el Sr. Chandra, administrador de los departamentos amueblados "Prime Executive". Se trataba de un hombre de unos sesenta años, de cabello gris y lóbulos enormes, sumamente cortés. Tanto cuando entramos a su oficina a firmar el contrato por un año como cuando fuimos a cancelarlo, so pretexto de que Brian necesitaba más espacio, y sobre todo una casa sola para poder practicar a gusto su trompeta, nos trató con mucha civilidad. El departamento no estaba mal, con un balcón a la alberca y el gimnasio. Pero, después de visitar las casas de nuestros amigos, nos dijimos que no era posible pasar un año en Nairobi sin jardín propio.
El matrimonio indio que atendía el pequeño café al aire libre en la estación de gasolina de Limuru Road, a unas cuadras del PNUMA, era también notable por la eficiencia y amabilidad con que servían a sus clientes. La mujer, ambiciosa y emprendedora, no descansó hasta que la administración de las Naciones Unidas le alquiló una de sus cafeterías, en la parte vieja del conjunto PNUMA-HABITAT, rodeada de macizos de bugambilias rosas y anaranjadas, y de estanques. Además de ensaladas variadas y sopas, pastelitos y café de diferentes estilos, vendían pan muy bueno para llevar. Como sucedía en las verdulerías, en los restaurantes, en tiendas de muebles, los indios recibían el pedido del cliente y cobraban; los
negros servían. ... V.S. Naipaul ya analiza este fenómeno en su libro sobre
África: North of South.
Arthur (arda, pronunciado a la manera keniana) Ndegwa, nuestro casero, fue el primer keniano negro al que conocimos y con el que entablamos una relación casi amistosa, en todo caso muy cordial. Por teléfono, nos dio cita en una estación de gasolina por el muy populoso y conocido barrio de Westlands, cerca del centro comercial Sarit. Desde ahí nos llevaría a ver la casa que alquilaba. Me impresionó su apostura. Era un hombre de unos cuarenta; andaba siempre impecablemente trajeado y calzado. Se ponía lentes oscuros y hacía gala de una abierta sonrisa de dientes blanquísimos, una voz sonora y agradable, y mucho don de gentes. Ingeniero de minas, trabajaba en el ministerio. Había estudiado con beca en Rumania, ocho años, y había vuelto a su país a trabajar, y a casarse a la manera musulmana, con una muchacha escogida por los padres. Desde el principio, se mostró abierto y relajado; había tratado ya a muchos extranjeros, fuera y dentro de Kenya, y su inquilino anterior había sido también funcionario del PNUMA.
*
MISCELANEA
Estoy en el Thorntree, rodeada de turistas de piel enrojecida y atuendos de algodón color polvo. Kenyatta Avenue y Kimathi forman aquí una esquina ruidosa, no particularmente atractiva; en la acera de enfrente se levanta un supermercado de la cadena UCHUMI, gran cartel rojo con letras blancas, y uno ve pasar camiones, los matatus (autobuses de pasajeros: la palabra significa 'tres centavos', que es lo que costaban en su primera época; a mí me parece que en español el apodo les va muy bien: se están cayendo a pedazos, van atiborrados de gente, y los conductores los manejan como auténticos cafres), coches destartalados, y una multitud más o menos apresurada. A un lado del hotel está la librería de la cadena Textbook Center, simpática, con buena selección de libros ingleses de la colección Penguin, de arte, etnografía y literatura, libros para niños como Tintín y Asterix, y novelas populares, de Crichton y King. Sobre Kenyatta, tiendas para turistas, de antigüedades y ropa, y artesanías. Aunque las avenidas son anchas, las banquetas, llenas de tierra, resquebrajadas, son incómodas para caminar; además, se corre el riesgo de que uno de los muchos boleros se arroje a los pies de uno, no como muestra de paganismo, sino para untar a toda velocidad algún tipo de betún en los zapatos y a continuación comenzar una arenga de convencimiento para que uno se los deje limpiar... En la esquina, varios taxistas esperan clientela. Desde las azoteas, los cuervos blanquinegros y los milanos montan guardia, en espera de que caiga la tarde para lanzarse en picada sobre los basureros del mercado.
La comida, en el Stanley, nada memorable: se paga por estar en "esa" terraza. Pedí una "Tusker" fría, y me trajeron el tamaño más grande que encontraron; ensalada de papaya con pescado ahumado y una pizza. No la terminé, y pedí café. Más elegante es la terraza Lord Delamere, del Hotel Norfolk, el más antiguo de Nairobi. Ahí el tráfico es más discreto, los taxis son los grandes y grises coches londinenses, la clientela es toda ella más "refinada"... Ahí se alojaron en su momento Karen Blixen, Teddy Roosevelt, Robert Redford...
Hacia el noroeste de la ciudad, se extienden los suburbios residenciales, antiguas fincas, hermoseados por árboles y arbustos que florecen prácticamente todo el año.
Un domingo, en la Catedral de Todos los Santos, empezada a construir en 1922, casi en el corazón de la ciudad. Un jardín a la inglesa rodea la mole de piedra, de vago estilo gótico, incluidos los vitrales. Un jardín en el que se mezclan rosales y lilas con las altas palmeras y los esplendorosos flamboyanes.
Como miembro de la Orquesta Sinfonica de Nairobi, Brian, mi marido, ensaya, con otros dos trompetistas. En el programa figura la obertura de Coriolano en C menor, de Beethoven, la Sinfonía Haffner en D mayor, de Mozart, l'Arlesienne, de Bizet, y Finlandia, de Sibelius. Un concierto cada dos meses, con directores invitados. Los integrantes de la orquesta son en su mayoría blancos: kenianos o extranjeros, hombres de ciencia, funcionarios de organizaciones internacionales, que están en Kenya desde hace quince años, o sólo desde hace unos meses. Más que aficionados, amantes de la música, se desempeñan con máxima seriedad. Después de cada concierto, se reúnen en el restaurante al aire libre del Hotel Sagrett para relajarse, comiendo carne asada y tomando cerveza. Es curioso ver esos rostros rubicundos de ojos azules, oír ese inglés con acento alemán, holandés, londinense, y sentir la unánime felicidad de encontrarse en este país.
Los adolescentes como mis hijos, que asisten a escuelas internacionales, tienen la sensación de vivir en una isla; las escuelas mismas, en enormes terrenos, en los suburbios de la ciudad, son islas, como lo son los barrios residenciales; y forman islas ellos, todos extranjeros adinerados, respecto de los kenianos negros o indios. Alan se queja de que está condenado al "triángulo de las Bermudas": de la casa a la escuela en transporte escolar, de la escuela a la casa y de la casa, los fines de semana, a la discoteca. Todo sobre ruedas.
*
(cont.)
Tras quince horas de vuelo desde Nueva York, vía Londres, llegamos a Nairobi a las 3am del 30 de junio de 1994: Brian, nuestro hijos Alan e Ian y yo. Pasaremos un año en Kenya, yo como titular de un puesto de traductora/revisora en los servicios de conferencias del Consejo de Administración del PNUMA. En el aeropuerto, para mostrar los pasaportes tenemos que pararnos de puntas, alzar la cabeza: el funcionario se encuentra trepado en un estrado de madera, prácticamente inaccesible. Llenamos la tarjeta anaranjada que dice: Republic of Kenya, entry of declaration form, un poco temerosos bajo la mirada vigilante del Presidente. Su joven retrato aparece en todas partes, enmarcado y colgando de la pared de oficinas públicas, negocios y escuelas, públicas y privadas, e impreso en todos los billetes y monedas (salvo aquéllas en las que todavía aparece Kenyatta: las de diez centavos).
NAIROBI I
La ciudad se fundó en 1899, a un lado de la estación de ferrocarril que los ingleses hacían construir entre Mombasa y Kampala. Se le dio el nombre de uno de los ríos que la cruzan, Enkare Nairobi, que en maa significa Aagua fría. Situada en la región central del país, al sur del Ecuador y a poca distancia del Monte Kenya de nevadas cumbres, goza de clima templado y seco, con lluvias "cortas" y "largas" dos o más veces al año. Aquí se estableció, a partir de 1906, y sustituyendo a Mombasa, la capital del país, entonces Protectorado británico.
El centro es un rectángulo de unas veinte cuadras por doce. Los edificios más antiguos datan de principios de siglo, algunos terriblemente arruinados, y otros, elegantísimos y en perfecto funcionamiento, como el Hotel Norfolk, frente al Teatro Nacional y la Universidad, y a espaldas del "mercado de las mujeres", porque son principalmente mujeres las que todos los martes, de ocho a cinco, se sientan en petates, en una colina pelona, a vender sus artesanías: tallas de madera, collares, bolsas de henequén, figuras de piedra. Al principio, nos parece que todas éstas son poco variadas, no muy vistosas, no especialmente bien hechas. Pero con el tiempo, al relacionar cada pieza que compramos con la visita a un lugar, con la cercanía de un grupo de vendedores o de los propios artesanos, les tomamos cariño. Al final de nuestra estadía llegaremos a acumular una buena cantidad de recuerdos kenianos.
En el mercado central, parecido a los de México, también se venden artesanías: se encuentran en el primer piso, mientras que en la planta baja podemos comprar frutas y verduras. Tengo que volver a aprender a regatear (en la primera semana de nuestra llegada, en un puesto callejero de frutas, me dejé estafar por vendedores que me ofrecían probaditas de mango, gajos de naranja, uvas, y me convencieron de que llevara unas seis guanábanas, media sandía y una piña por el equivalente en chelines kenianos a veinte dólares americanos).
...
LA CASA
Vecina de otras parecidas, rodeadas de jardines bellísimos, nuestra casa se levanta en una esquina, en el suburbio llamado New Runda, separado de Runda, antigua finca que arranca de Limuru road, por un trecho de unos cien metros de tierra roja, bordeado de un lado por cafetos y del otro por las viviendas de los trabajadores, bajas, de cemento y techo de lámina. Como las demás residencias, diseñadas por el mismo grupo de arquitectos que contrató el banco constructor, la nuestra es de dos pisos, con techo de teja roja, rejas blancas en las ventanas y en las puertas de vidrio. La planta baja luce arcos y pilares. Un jardín la rodea y una sólida reja pintada de negro la protege del exterior, cerrada con cadena y candado.
Contra esquina se encuentra una escuela pública, y enfrente un bosque, el Karura, se extiende casi sin límites, salpicado aquí y allá por incipientes construcciones, que se multiplican como hongos. A ambos lados de las casas de los trabajadores, parcelas sembradas de maíz, ese maíz blanco y duro de Kenya que, asado al carbón la gente compra y come en la calle.
La casa tiene tres entradas: la principal sólo la abríamos cuando teníamos invitados. La segunda era una reja que se abría en la sala y daba a una pequeña terraza de ladrillo con techo y al frente del jardín, al macizo de flores multicolores que Michael, el jardinero, había plantado y cuidaba, y el árbol frondoso de flores amarillas en estación que nos cubría la reja a la calle
(el propósito original debe haber sido que mantuviera a los habitantes al resguardo de las miradas curiosas de los de afuera). Esta sólo la abrimos una vez: con ocasión
de la fiesta de cumpleaños de Ian y de su amigo Mo (Mohammed), para que los muchachos que quisieran fumar salieran al jardín sin apartarse del resto. Por último, la puerta de servicio se abría de la cocina a la azotehuela que compartían los sirvientes, cuyos cuartos y baños se encontraban en la parte trasera de la casa. Esta era la puerta que abríamos temprano, por la que salían los muchachos para esperar el autobús de la escuela, en la esquina, corriendo siempre y llamando a Michael para que les abriera la reja, por la que entraba Rose a hacer el quehacer y por la que salíamos Brian y yo para tomar el coche estacionado en la parte trasera. Por este método, todos nos mojábamos un poco los zapatos en tiempos de lluvia, pero Brian insistía, tal vez con razón, en que abrir la puerta principal, que era doble,
es decir, una de madera y una reja de metal y vidrio, y asegurábamos con llave la una y con cadena y dos candados la otra, era una lata.
Todos los paraísos tienen su precio. Vivir en un barrio residencial, en una casa espaciosa y rodeada de jardín, significaba la necesidad de tomar extremadas precauciones de seguridad, a las que probablemente uno acabaría por acostumbrarse y tomar como parte de la rutina, pero que de entrada eran terriblemente enojosas, frustrantes de una supuesta libertad a la que, en una ciudad de tan mala fama como Nueva York, estábamos acostumbrados. Por lo menos a Alan y a mí nos incomodaba muchísimo no usar la puerta que daba al sendero, tener que cerrar o ver que Brian e Ian cerraban antes de acostarnos los candados no sólo de la cocina sino también de la reja que, al subir a las recámaras, separaba la planta alta de la baja, la llamada "reja mau", porque fue la que los blancos se construyeron a la carrera en medio del pánico que les produjo la revuelta del movimiento kikuyu, y más recientemente, el amago de levantamiento a raíz de las elecciones de 1988. Además, habíamos hecho instalar, por recomendación y con cargo al presupuesto de las Naciones Unidas, un sistema de alarma en toda la casa, que naturalmente también había que activar en la noche y desactivar en la mañana.
*
KENIANOS
Un aspecto sin duda fascinante de Nairobi es su cosmopolitismo: se ve gente de todas razas y colores; los kenianos de diversas tribus, los indios, los musulmanes; turistas internacionales; residentes de larga data de muchas partes del mundo: misioneros norteamericanos, monjas y seminaristas de México, el personal diverso y a la vez uniforme de los organismos de las Naciones Unidas, pues hay aquí oficinas del UNICEF, el PNUD, el OACNUR, por supuesto la fuerza de Somalia, etc., además de HÁBITAT y el Programa para el Medio Ambiente (PNUMA). Existen otros centros culturales además del francés y el británico: el instituto cultural italiano, el japonés, el Instituto Goethe.
Los llamados "asiáticos" constituyen un segmento importante de la población keniana. Son descendientes de los indios que vinieron por el Océano Indico hace cientos de años y se establecieron en la costa, como comerciantes, y de aquéllos que más tarde, hace cosa de un siglo, los británicos trajeron como "trabajadores contratados" para la construcción del ferrocarril Mombasa-Uganda. Se quedaron aquí y forman ahora la clase comerciante y próspera de Kenya y de todo el África oriental. Su posición no es diferente de la de los judíos en muchas partes del mundo; trabajadores, estudiosos, ordenados, con un sólido espíritu de unión familiar y religiosa, se mantienen aislados en sus tradiciones, constituyen la burguesía y son objeto de un cierto resentimiento general. En más de una oportunidad fuimos testigos de situaciones en las que, si era el negro el que tenía el poder, lo ejercía discriminatoriamente contra el indio, de hecho su compatriota, incluso para favorecer al blanco, keniano o no.
El primer indio al que tratamos fue el Sr. Chandra, administrador de los departamentos amueblados "Prime Executive". Se trataba de un hombre de unos sesenta años, de cabello gris y lóbulos enormes, sumamente cortés. Tanto cuando entramos a su oficina a firmar el contrato por un año como cuando fuimos a cancelarlo, so pretexto de que Brian necesitaba más espacio, y sobre todo una casa sola para poder practicar a gusto su trompeta, nos trató con mucha civilidad. El departamento no estaba mal, con un balcón a la alberca y el gimnasio. Pero, después de visitar las casas de nuestros amigos, nos dijimos que no era posible pasar un año en Nairobi sin jardín propio.
El matrimonio indio que atendía el pequeño café al aire libre en la estación de gasolina de Limuru Road, a unas cuadras del PNUMA, era también notable por la eficiencia y amabilidad con que servían a sus clientes. La mujer, ambiciosa y emprendedora, no descansó hasta que la administración de las Naciones Unidas le alquiló una de sus cafeterías, en la parte vieja del conjunto PNUMA-HABITAT, rodeada de macizos de bugambilias rosas y anaranjadas, y de estanques. Además de ensaladas variadas y sopas, pastelitos y café de diferentes estilos, vendían pan muy bueno para llevar. Como sucedía en las verdulerías, en los restaurantes, en tiendas de muebles, los indios recibían el pedido del cliente y cobraban; los
negros servían. ... V.S. Naipaul ya analiza este fenómeno en su libro sobre
África: North of South.
Arthur (arda, pronunciado a la manera keniana) Ndegwa, nuestro casero, fue el primer keniano negro al que conocimos y con el que entablamos una relación casi amistosa, en todo caso muy cordial. Por teléfono, nos dio cita en una estación de gasolina por el muy populoso y conocido barrio de Westlands, cerca del centro comercial Sarit. Desde ahí nos llevaría a ver la casa que alquilaba. Me impresionó su apostura. Era un hombre de unos cuarenta; andaba siempre impecablemente trajeado y calzado. Se ponía lentes oscuros y hacía gala de una abierta sonrisa de dientes blanquísimos, una voz sonora y agradable, y mucho don de gentes. Ingeniero de minas, trabajaba en el ministerio. Había estudiado con beca en Rumania, ocho años, y había vuelto a su país a trabajar, y a casarse a la manera musulmana, con una muchacha escogida por los padres. Desde el principio, se mostró abierto y relajado; había tratado ya a muchos extranjeros, fuera y dentro de Kenya, y su inquilino anterior había sido también funcionario del PNUMA.
*
MISCELANEA
Estoy en el Thorntree, rodeada de turistas de piel enrojecida y atuendos de algodón color polvo. Kenyatta Avenue y Kimathi forman aquí una esquina ruidosa, no particularmente atractiva; en la acera de enfrente se levanta un supermercado de la cadena UCHUMI, gran cartel rojo con letras blancas, y uno ve pasar camiones, los matatus (autobuses de pasajeros: la palabra significa 'tres centavos', que es lo que costaban en su primera época; a mí me parece que en español el apodo les va muy bien: se están cayendo a pedazos, van atiborrados de gente, y los conductores los manejan como auténticos cafres), coches destartalados, y una multitud más o menos apresurada. A un lado del hotel está la librería de la cadena Textbook Center, simpática, con buena selección de libros ingleses de la colección Penguin, de arte, etnografía y literatura, libros para niños como Tintín y Asterix, y novelas populares, de Crichton y King. Sobre Kenyatta, tiendas para turistas, de antigüedades y ropa, y artesanías. Aunque las avenidas son anchas, las banquetas, llenas de tierra, resquebrajadas, son incómodas para caminar; además, se corre el riesgo de que uno de los muchos boleros se arroje a los pies de uno, no como muestra de paganismo, sino para untar a toda velocidad algún tipo de betún en los zapatos y a continuación comenzar una arenga de convencimiento para que uno se los deje limpiar... En la esquina, varios taxistas esperan clientela. Desde las azoteas, los cuervos blanquinegros y los milanos montan guardia, en espera de que caiga la tarde para lanzarse en picada sobre los basureros del mercado.
La comida, en el Stanley, nada memorable: se paga por estar en "esa" terraza. Pedí una "Tusker" fría, y me trajeron el tamaño más grande que encontraron; ensalada de papaya con pescado ahumado y una pizza. No la terminé, y pedí café. Más elegante es la terraza Lord Delamere, del Hotel Norfolk, el más antiguo de Nairobi. Ahí el tráfico es más discreto, los taxis son los grandes y grises coches londinenses, la clientela es toda ella más "refinada"... Ahí se alojaron en su momento Karen Blixen, Teddy Roosevelt, Robert Redford...
Hacia el noroeste de la ciudad, se extienden los suburbios residenciales, antiguas fincas, hermoseados por árboles y arbustos que florecen prácticamente todo el año.
Un domingo, en la Catedral de Todos los Santos, empezada a construir en 1922, casi en el corazón de la ciudad. Un jardín a la inglesa rodea la mole de piedra, de vago estilo gótico, incluidos los vitrales. Un jardín en el que se mezclan rosales y lilas con las altas palmeras y los esplendorosos flamboyanes.
Como miembro de la Orquesta Sinfonica de Nairobi, Brian, mi marido, ensaya, con otros dos trompetistas. En el programa figura la obertura de Coriolano en C menor, de Beethoven, la Sinfonía Haffner en D mayor, de Mozart, l'Arlesienne, de Bizet, y Finlandia, de Sibelius. Un concierto cada dos meses, con directores invitados. Los integrantes de la orquesta son en su mayoría blancos: kenianos o extranjeros, hombres de ciencia, funcionarios de organizaciones internacionales, que están en Kenya desde hace quince años, o sólo desde hace unos meses. Más que aficionados, amantes de la música, se desempeñan con máxima seriedad. Después de cada concierto, se reúnen en el restaurante al aire libre del Hotel Sagrett para relajarse, comiendo carne asada y tomando cerveza. Es curioso ver esos rostros rubicundos de ojos azules, oír ese inglés con acento alemán, holandés, londinense, y sentir la unánime felicidad de encontrarse en este país.
Los adolescentes como mis hijos, que asisten a escuelas internacionales, tienen la sensación de vivir en una isla; las escuelas mismas, en enormes terrenos, en los suburbios de la ciudad, son islas, como lo son los barrios residenciales; y forman islas ellos, todos extranjeros adinerados, respecto de los kenianos negros o indios. Alan se queja de que está condenado al "triángulo de las Bermudas": de la casa a la escuela en transporte escolar, de la escuela a la casa y de la casa, los fines de semana, a la discoteca. Todo sobre ruedas.
*
(cont.)
Tuesday, September 9, 2008
denegacion de visa
EMBASSY
OF THE
UNITED STATES OF AMERICA
August 11, 1967
Fecha
Señor/xxx xxx : Prieto
Esta oficina siente informarle que no puede expedir a Ud. una visa porque es inelegible bajo la(s) sección(es) del Acta de Inmigración Nacionalidad enmendada. (Sólo los párrafos tachados son los correspondientes a su caso).
(...)
(...)
(...)
(X) Sección 212(A)(28) La cual entre otras cosas prohibe la expedición de una visa a personas que hayan sido miembros o hayan contribuido con actividades personales en organizaciones que se consideren de carácter o filiación comunista.
Atentamente,
(firmado)
Jean Hediger
Vicecónsul de los Estados Unidos
...
Mi padre ya habia estado en los EU: Washington y Nueva York, posiblemente en 1962, enviado por Excelsior, y habia quedado encantado con ambas ciudades. Esta vez, fue Barrios Gomez, de El Heraldo, quien le propuso enviarlo a las mismas ciudades, para que hiciera una serie de reportajes. L.B. Johnson llevaba seis meses en la presidencia, a raiz del asesinato de J.F. Kennedy.
El relataba asi la situacion en la Embajada de EU en Mexico: "Me hicieron entrar a una sala, y ahi, rodeado de cuatro gorilas gringos, rubios, colorados y rasurados, se me leyo una lista de las publicaciones en que yo habia colaborado, practicamente desde el comienzo de mi carrera, y los lugares los que habia viajado como periodista: Poza Rica, La Habana, Moscu, Varsovia, Praga... No pudieron decir que pertenecia o habia pertenecido alguna vez al Partido Comunista pues habria sido mentira... No me dejaron hablar, me hicieron sentir prisionero, infeliz, humillado. Me jure no volver a poner jamas un pie en esa Embajada, ni en Mexico ni en ninguna otra parte del mundo."
Con todo, cuando, tras haber aprobado el examen de Ginebra y regresado a Mexico, en septiembre de 1969, le mostre el telegrama del Secretario General de las Naciones Unidas, ofreciendome el puesto de traductora en la Secretaria, con sede en Nueva York, a partir del 31 de octubre, no solo no opuso objeciones, sino que fue el primero en alentarme con entusiasmo: "Es una ciudad fascinante! Que te vas a quedar haciendo aqui en Mexico..."
Asi que vine, y me quede. Pero el nunca me visito.
Tampoco enarco las cejas cuando le comunique, en 2001, que mi marido y yo estabamos pensando en la conveniencia de hacernos ciudadanos norteamericanos, para poder votar, para proteger los intereses de nuestros hijos, a la hora de heredarnos. "Me parece muy bien!", dijo. A sus nietos gringos, no solo los aceptaba sino que los amaba tiernamente. Y habia reido de buena gana cuando su yerno le anuncio, mostrandole los flamantes pasaportes de los pequenos: "Mira, Raul, tus nietos son unas 'ratitas imperialistas'!"
...
OF THE
UNITED STATES OF AMERICA
August 11, 1967
Fecha
Señor/xxx xxx : Prieto
Esta oficina siente informarle que no puede expedir a Ud. una visa porque es inelegible bajo la(s) sección(es) del Acta de Inmigración Nacionalidad enmendada. (Sólo los párrafos tachados son los correspondientes a su caso).
(...)
(...)
(...)
(X) Sección 212(A)(28) La cual entre otras cosas prohibe la expedición de una visa a personas que hayan sido miembros o hayan contribuido con actividades personales en organizaciones que se consideren de carácter o filiación comunista.
Atentamente,
(firmado)
Jean Hediger
Vicecónsul de los Estados Unidos
...
Mi padre ya habia estado en los EU: Washington y Nueva York, posiblemente en 1962, enviado por Excelsior, y habia quedado encantado con ambas ciudades. Esta vez, fue Barrios Gomez, de El Heraldo, quien le propuso enviarlo a las mismas ciudades, para que hiciera una serie de reportajes. L.B. Johnson llevaba seis meses en la presidencia, a raiz del asesinato de J.F. Kennedy.
El relataba asi la situacion en la Embajada de EU en Mexico: "Me hicieron entrar a una sala, y ahi, rodeado de cuatro gorilas gringos, rubios, colorados y rasurados, se me leyo una lista de las publicaciones en que yo habia colaborado, practicamente desde el comienzo de mi carrera, y los lugares los que habia viajado como periodista: Poza Rica, La Habana, Moscu, Varsovia, Praga... No pudieron decir que pertenecia o habia pertenecido alguna vez al Partido Comunista pues habria sido mentira... No me dejaron hablar, me hicieron sentir prisionero, infeliz, humillado. Me jure no volver a poner jamas un pie en esa Embajada, ni en Mexico ni en ninguna otra parte del mundo."
Con todo, cuando, tras haber aprobado el examen de Ginebra y regresado a Mexico, en septiembre de 1969, le mostre el telegrama del Secretario General de las Naciones Unidas, ofreciendome el puesto de traductora en la Secretaria, con sede en Nueva York, a partir del 31 de octubre, no solo no opuso objeciones, sino que fue el primero en alentarme con entusiasmo: "Es una ciudad fascinante! Que te vas a quedar haciendo aqui en Mexico..."
Asi que vine, y me quede. Pero el nunca me visito.
Tampoco enarco las cejas cuando le comunique, en 2001, que mi marido y yo estabamos pensando en la conveniencia de hacernos ciudadanos norteamericanos, para poder votar, para proteger los intereses de nuestros hijos, a la hora de heredarnos. "Me parece muy bien!", dijo. A sus nietos gringos, no solo los aceptaba sino que los amaba tiernamente. Y habia reido de buena gana cuando su yerno le anuncio, mostrandole los flamantes pasaportes de los pequenos: "Mira, Raul, tus nietos son unas 'ratitas imperialistas'!"
...
Thursday, May 22, 2008
Complementarse
El Zorro, que era cojo, caminaba apoyándose en el Gato; y el Gato, que era ciego, se dejaba guiar por el Zorro. Pinocho (1882-1883), de Carlo Collodi, florentino.
Tomemos nota.
Tomemos nota.
Subscribe to:
Posts (Atom)
