Thursday, October 17, 2013

Recuerdos

EL olor a huevo podrido de Agua Hedionda,  el balneario de aguas termales, sulfurosas, de Cuautla. Ahí nos llevaban mis tíos Juan y Esperanza cada fin de semana en enero, a que disfrutáramos de la natación, el sol, el descanso total y apacible.
Pasaban por nosotras, mi mamá y las cuatros niñas, el dos de enero, para llevarnos a la casa que tenían en Cuautla. Ibamos cargadas de maletas y paquetes (latas de leche Nido, de leche evaporada Clavel, toallas y sábanas, porque mi mamá no quería hacer “concha”, nuestra ropa, incluidos los trajes de baño; las telas ya cortadas para los secaplatos que le bordaríamos a mi tía; libros, incluso de inglés para las lecciones matutinas que nos daría mi mamá, disciplinada como era ella, y enemiga del ocio por las mañanas: “ ya tendrán toda la tarde para jugar”).
De estas actividades guardaríamos las hermanas distintas memorias, de distinta calidad quiero decir: para unas, grato recuerdo de haber estado sentadas en torno a mi mamá, a la sombra del frondoso clavellino, bordando letras y frutas en los secaplatos para cada día de la semana que le daríamos de regalo a mi tía, magro agradecimiento por su generosidad en entregarnos su casa, con jardín y empleada, durante  todo el mes de nuestras vacaciones escolares. “Con nada le puedo pagar a tu tía lo que hace por nosotros –dice mi mamá-. La veo como a una hermana”. Y no eramos parientes. Sus padres, amigos de mis abuelos maternos, y la amistad continuada en la siguiente generación.
Pero, como bien ha escrito mi hermana Susi: tías y tíos postizos, hechos nuestros no por lazos de sangre sino por los, a veces más fuertes, los del afecto.
¡Cuando pienso en Ximena Cuervo de Abed, a quien conocimos de siete años en uno de los desayunos en la casa de Tlalpan que la tía Esperanza, ya fallecido mi tío, nos ofrecía a mis hijos, mi marido y a mí cuando íbamos de visita... Cuando pienso en esa Ximena, digo, que pasó con nosotros unas semanas antes de casarse, mientras estudiaba en NY, y a la que ahora veo, en cada uno de mis viajes trimestrales a México, para visitar a mi mamá, cuando, su marido Paul y su madre Martha, me invitan a cenar! Ximena, sobrina nieta de mi tía Esperanza.
Volviendo al mes de enero de nuestra infancia en Cuautla. Aquella actividad del bordar matutino, y más aún la de estudiar inglés había sido para unas, algo que algunas recordaríamos con placer, y otra como  un verdadero castigo inmerecido. (¿Por que a ella le costaría tanto apreciar cualquier aprendizaje, sus penas y glorias?).
De regreso de la alberca entre semana, devorábamos la sabrosa y sencilla comida preparada por Eutimia: pollo cocido, arroz con plátano macho frito y aguacate, frijoles de la olla, tortillas recién hechas –cuando no eran las deliciosas quesadillas de requesón, huitlacoche, hongos o flor de calabaza que mi mamá le encargaba que comprara en el Mercado. Después de la sabrosa comida, mi mamá se acostaba a dormir la siesta y nos mandaba afuera, al jardín. Jugábamos a hacer tortitas de lodo, aprovechando el agua del apantle (acequia), a columpiarnos en la hamaca, o a dejar que nos columpiara el sobrino de Eutimia, Lázaro, de la edad de Eugenia y enamorado de ella.
Los aguacates caidos en tierra… el silbido agudo de los zanates, el chirrido de los grillos al anochecer, la luna brillante en el cielo negro como ala de cuervo…
¿Cómo olvidar Cuautla, ese paraiso?
…
Aquí, la historia armada con datos y mi imaginación, de los tíos Juan y Esperanza:
Corría el año de 1924... Se conocieron así: ella paseaba del brazo de su amiga por Cinco de Mayo, a la salida de la Normal, y se dieron cuenta de que un auto las seguía, a paso de rueda. “Señoritas... ¿no quieren dar un paseo con nosotros?” Miró de reojo al que hablaba y conducía un Chevrolet blanco último modelo. Cabeza grande, cabello claro y ondulado,  ojos pequeños, azules, vivos. Bajo los bigotes rubios, la sonriente boca de labios rojos, el cigarro entre los dedos de la mano que asomaba por la ventanilla.
-No les hicimos caso. Pero no dejaron de seguirnos. Al llegar a la esquina, el que manejaba se detuvo, y bajó. Era alto. Con seriedad se dirigió a mi: ‘Me llamo Juan Szeman y a mí y mi amigo nos gustaria invitarla  usted y a su amiga a tomar un café en Sanborns.´
El amigo, no recuerdo su nombre, no era tan alto pero era más rubio, casi desteñido, y apenas hablaba español.  Más adelante me enteré de que le había dicho a Juan que mi amiga no le había gustado porque era ‘muy morena’.

Mi tía viene a revelarnos el verdadero nombre de su marido diez años después de muerto.
‘Se llamaba Lazlo Szeman Baranyk’.

Pues resulta que el tenía 21 años cuando llegó a México en 1924. Nacido en Pest, parte del Imperio Austro-Húngaro, tenía once cuando estalló la Primera Guerra Mundial.
“El padre murió y la madre se trasladó a Viena con los tres hijos. Ahí abrió un café –cuenta esto su viuda, mi tía Esperanza, a los 91, lúcida, sentada en la salita de la casa de Tlalpan.
‘La madre se volvió a casar. Juan, que tenía 18, se llevaba muy mal con el padrastro, al grado de que un día estuvieron a punto de darse de golpes. Entonces la madre le dió dinero a Juan y le dijo: “Vete a vivir a otra parte”. ¡Nunca se imaginó que esa ‘otra parte’ iba a ser América! El se embarcó y llegó primero a Nueva York, pero no quiso quedarse allá y siguió hasta México. Cuando me conoció, ya trabajaba de ingeniero en una fábrica de tubería, y hablaba perfectamente el español.
‘Poco después lo mandaron a Brasil, y le ofrecían un buen empleo alla, diciéndole que si queríamos, nos podíamos casar por poder, y luego me enviaban el pasaje. El me escribió que ni loco, y que, aunque fuera a pie, pero se regresaba a Mexico. Entonces mi padre gestionó con el Cónsul de México en Brasil, y éste le entregó a Juan el pasaje para su regreso. Poco después nos casamos... en 1943.
Cuando supimos que no podiamos tener hijos, él me dijo que no quería que adoptáramos,  que debiamos aceptar la voluntad de Dios, y yo le hice caso.¨
Nosotros lo conocimos y quisimos como el tío Juan.
El, a su vez, de pie en una de las pozas de Atotonilco, con el agua caliente llegándole al pecho, o afuera, envuelto en una toalla blanca, con el codo a la altura del hombro y el vaso de cuba libre frente a los labios, nos contaba con voz ronca que iba a la escuela, en invierno, con la nieve hasta las rodillas . En cualquier foto se le ve sonriendo, riendo, el mentón en alto, las cejas mefistofélicas arriba de los pequeños ojos azules, muy expresivos.
El y mi tia Esperanza nos dieron de regalo algo que nunca olvidaremos: esa invitación a su casa de Cuautla, cada año, para que pasáramos, mi mamá con los cinco hijos, todo el mes de enero, el de las vacaciones escolares.
Mi tío murió en 1994, a los 91, ella, en el 2013, a los 97.

En la pared de mi recámara tengo ahora el cuadro al óleo que mi padre pintó y le regaló a mi male, y ésta a su vez a mí, unos años antes de morir,  en que figura la parte de atrás de la casa: el enorme clavellino de tronco gris y liso, y florecitas rosas en las altas ramas (una bombácea, me entero muchos años después, paseando por el Jardín Borda con mi madre y mi amiga Martha)., el muro claro, la puerta de hierro negro con vidrio que daba al comedor. Nuestro paraíso fuera de la ciudad, como en ella lo fue la casa de los abuelos maternos.
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Thursday, February 28, 2013

Poema


Sinopsis

La piel del árbol

se transforma en el papel

donde escribimos

el libro de la vida

…

Un álbum de fotos es un mar de recuerdos

En él nadamos, nos perdemos

En las vicisitudes del pasado

Que es nuestro presente                                              

…

Nos conmueven rostros

que  flotan en la memoria

ó han terminado por naufragar  en el olvido

…

Sentimos que las vidas son  ríos

Que nunca llegan a la mar como nacieron.

… 


 

The future


 PERMINERALIZATION

I wonder who, what, will be my avatars in the not-so-distant future (what can two decades mean in the history of the human race?): to begin with, past the expiration date, the mourning and cremation, the gray ashes percolating through the cracked china of the urn (I´ll ask my children not to buy one of those horrendous, indestructible  bronze-lined ones) unto the air and into the soil, from where the grass will grow, which in due time will be voraciously eaten by cows, horses and sheep; the worms, after doing their soil-permeating job  will come out to be pecked by Robins and Sterlings, among other sweet birds, among the blooms, mostly yellow and white, and under the shade of the majestic  oak whose hard fruit feed the squirrels and its hardwood trunk shelters Woodpeckers and Warblers – but let me not digress: after all these versions of myself, or at least parts of what was ¨me¨, after another thousand years, I shall become the minerals  that ever so slowly will have been  replacing the organic material that was, so that one good morning I shall wake up as a piece of silicate, such as quartz, and look up in that petrified condition (and smile, a stony smile)  to the Sun,  if Sun there is still! And possibly to the little boy or girl who, another of my  avatars,  will pick me up.
- June 29, 2012

Friday, January 25, 2013

First poem

To my newborn grand-daughter, Angélica

If, as they say, we grow a second heart
to love our children
what am I now?
A three-heart freak of nature?
Or just a new-born grandma?

It´s too early, perhaps,
to start giving myself to you
who can barely see me
much less say something to me

But you, whose world revolves literally
around your Mother´s breasts
You, whose instincts are survival
and even at that, not that good...
You are already tattooing on my heart
your name.
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Tuesday, January 15, 2013

Recórdandola


Estoy viendo una foto de mi Male: de pie en el jardín  de la casa de sus padrinos, con un vestido de tafeta y encaje (que ella, en alguna parte, describe como amarillo), un  ramo de flores en los brazos; seria, intensa. A los veintidós, la edad en que yo salí de mi casa, de mi país, ella vivía en la ciudad de México, con su padre en casa de un hermano, huérfana de madre desde los diecisiete.
En el capítulo de sus memorias titulado ¨Mi primer empleo¨, dice que lo que más la desazonaba era dudar de su eficiencia. En 1916, la academia Oliver había empezado a ofrecer clases gratuitas de estenografía en la Ciudad de México. La primera máquina fue diseñada por el Reverendo Thomas Oliver, nacido en Canadá en 1852. 
Mi abuela acudió a tomar las clases, al cabo de las cuales recibió un diploma y una máquina  gratis.
Así que resolvió buscar empleo donde la pusieran a prueba, y, en sus palabras,  si realmente su trabajo no servía, aceptar el puesto que varias veces le había ofrecido en La Estrella  de Oriente, mercería y juguetería sita en la sexta calle de  Capuchinas,  Julián Slim, quien había llegado de Líbano en 1902, escapando de la persecución que sufrían en ese país los cristianos maronitas. Como casi todos los inmigrantes de origen árabe que arribaron  a América, Slim instaló un almacén, el mencionado la Estrella de Oriente, con el que prosperó rápidamente. También realizó afortunadas jugadas en la bolsa y ventajosas operaciones inmobiliarias, comprando propiedades del centro histórico de la ciudad que se habían desvalorizado durante la revolución.
Corría 1927, y el 3 de enero Ma. Ester se presentó ante el señor Lammers, quien la puso a prueba como taquimecanógrafa. A él le gustó su trabajo y le ofreció, para empezar, un sueldo de 75 pesos. Ella salió de la oficina jubilosa, dice, sintiéndose segura de sí misma.
Las oficinas -cuenta- estaban en la esquina de Madero y Filomeno Mata, arriba de la pequeña farmacia Sanborn’s, cuyos dueños,  dos inmigrantes californianos: Walter y Frank Sanborn, habían llegado a México en 1903. Tiempo después abrieron la primera farmacia con fuente de sodas,  frente al Palacio de Correos. “Les iba tan bien en el negocio que en 1919, alquilaron el Palacio de los Azulejos, en la misma calle de Madero.”  ( Sanborn’s, hoy en día una cadena de tiendas múltiples, que ha comprado el multimillonario Carlos Slim, hijo de aquel Julián de la mercería).
“Laboraba muy a gusto en mi empleo. Carlos llegó a México y fue inmediatamente a verme. Convocó a la familia y me pidió por tercera vez en matrimonio. Medio mes de mayo y todo junio fueron días de tranquila y dulce felicidad para mí...”
Carlos tuvo que regresar a Tucson. En mayo de 1920 Obregón mandó asesinar a Carranza. Los que habían combatido en sus fuerzas quedaron desprotegidos. Si Carlos regresaba, lo mataban. Quería que yo cruzara la frontera... Pero yo, la pusilánime, ¡no tuve valor! “
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Esa abuela “pusilánime” siguió trabajando, se casó, fue madre de cinco, viajó con toda la familia siguiendo los cambios de destino de su marido, volvió a trabajar, obsesionada con la idea de la ¨casa propia¨, estudió inglés, leyó incansablemente, escribió, viajó cuando pudo, y nos deja a mí y a todos sus nietos, sus conocimientos como un regalo; sus lecturas, sus pasiones. Entre las ciudades, Florencia, que se conoce al dedillo de sólo leer el capítulo correspondiente en la Enciclopedia Barsa–cuando finalmente hace el viaje, allá por 1957-, queda fascinada. Entre las constelaciones,  Casiopea, y entre los árboles de adorno, la catalpa, sus olorosas flores blancas parecen servidas en la gran hoja acorazonada, y la paulonia, cuyo fruto, una nuez ovalada, contiene  más de dos mil semillas aladas, que parecen bailarinas en miniatura...
Conoció a quien sería mi abuelito Fidel en Culiacán, en 1922, y se casaron  cuatro años después. El murió a los setentaicuatro, de un infarto.
En 1967, un mes antes de mi partida a Francia, ella resbala en la calle, cae y se rompe el fémur de la pierna derecha. Sobrevivió aún veintidós años, inválida, pero animosa, siempre sociable, siempre generosa.
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Saturday, December 8, 2012

Diario, 2

Quise iniciar el hermoso cuaderno que me regaló mi hermana Eugenia con una imagen positiva, y decidí hablar de los dos o tres días resplandecientes que me tocaron el suerte en el DF. Subió la temperatura, se despejó el cielo y brilló el sol: sobre las cúspides nevadas del Iztac y del Popo, sobre las copas frondosas de los árboles que rara vez pierden su follaje en esas latitudes, sobre los jardines floridos, tanto el de mi amiga María como el de la Residencia San José, en San Jerónimo Lídice.
Por la noche me acompañaba la Chata, la gata más vieja de las tres que tiene mi amiga, en cuya casa me alojo cada vez que voy a visitar a mi mamá. Por la mañana entraba el sol a raudales por las paredes encristaladas de la sala.

Leía a Proust. Encontré esta bella descripción de la medusa:
"..si je savais la regarder, je voyais une délicieuse girandole d'azur. Ne sont-elles pas, avec le velours transparent de leurs pétales, comme les mauves orchidees de la mer?"
Lo copio para mostrarle a Valeria, cuya fotografía de una medusa había aparecido en la revista Cuentos, para ilustrar uno de ...
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De modo que, hasta donde pude ver, el 'invierno inclemente' de México había llegado a su fin, ¡antes del 30 de enero!
Un día, después de visitar a mi tía Esperanza (cumplirá 95 en marzo, está sorda como una tapia, pero enteramente lúcida: habla del pasado, presente y futuro con toda claridad, sin confundirse).
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Entre tanto, la esfera familiar, como los planetas en el universo, ha girado de nuevo hasta llegar al punto en que ha habido nuevos encuentros y reconciliaciones.
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Mi madre vive en un mundo de fantasía, alimentado de memorias y viejos deseos reprimidos. Pero no es un mundo triste ni deprimente, al contrario: todo en él apunta a la alegrías y la felicidad. ¡Menos mal!
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Diario de Xalapa




Luz vespertina. Dominguera. Rosa y dorada. Van a dar las 7pm. Salí hace diez minutos de casa de Susi, habiéndome despedido hasta el próximo viaje, a mediados de enero. Bajé por la escalera hasta Xalapa 2000, no sé cómo se llama la avenida, y tomé un taxi. Me trajo hecho la mocha… Pagué, bajé, subí a la terraza de la Posada. Conecté muy campante mi maquinita, dispuesta a escribir las impresiones del día. Y en eso… me percaté de que dejé olvidada, por no haberla empacado a tiempo, la hermosa máscara de tigre color naranja que Susi me regaló para Alan. SHIT. Llamo a Liz, que voy para allá, de vuelta. NI modo. Vale la pena el viaje.

Hoy llamaron a casa Susi: Ofelia, Maru, Euge, y yo llamé a mi mamá para que la saludara.

Comimos paella de la Casona, con copa de rosado. Gelatina de cajeta. Y le entendí, con cierto esfuerzo mutuo, prácticamente todo lo que ella me quería decir.

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Fui en taxi por la máscara, de volada. Liz me esperaba con ella a la puerta. De regreso, compré un yogurt grande, de ésos hechos en casa, en la miscelánea de la esquina, y me vine al cuarto. Empaqué. Prendí la tele. Tomé el yogurt, rico, con unas cuatro galletitas de nuez (guardé dos para mañana, el viaje). Luego de lavarme los dientes y ponerme la piyama, vi que estaban pasando en uno de los canales, TODO EL PODER, que ya he visto dos veces, pero es muy buena. Cada vez más impresionante: refleja el horror de la corrupción y el crimen organizado en México, pero se queda corta respecto de lo que está sucediendo actualmente en el país…

Poco después de las 10pm llamé a Brian; platicamos. No salió el fin de semana, cenó hoy con Catherine y Phil.

Yo, todo el día fantaseando sobre la posibilidad de pasar, en el futuro, la mitad del año en Jalapa.

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¡Ah! Llamé a Lourdes (Lulú) L, de la UV, de gran confianza de Susi y Gloria, a quien S ha pedido que sea testigo a la hora del cambio de testamento. La misma que al parecer tiene gran interés en que se protejan los de las cuidadoras…OK.

No me gustó su voz, su manera de tutearme: algo duro, distante y defensivo a la vez. NO parece que se haya redactado el dichoso nuevo testamento, sólo se habló de él.

En general, salgo de aquí más tranquila de lo que llegué. Con apoyo de los buenos cuates de mi hermana (Tomás, Efrén, Victoria y Adriana) y sobre todo con el apoyo de la propia Angélica, que me permitió que le entendiera prácticamente todo lo que me decía, siento que cumplí mi misión.

La visita al Jardín Botánico fue tremendamente relajante.

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Desde entonces han pasado mes y medio. Tomás sigue visitándola semanalmente, y conéctandose por Skype con amistades y parientes (Eva la vasca, Richard, Pablo, una servidora) .



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